lunes, 28 de enero de 2013

CARLOS ÓRDENES PINCHEIRA "MORIR O CANTAR" -NICUENTOS-CHILE



Tu cuento. América, lo es una ruptu al cuento: son Nicuentos...

Carlos Ordenes Pincheira

MORIR O CANTAR

Nicuento

Hace frío. Aunque la noche invita a la ensoñación, allá arriba, los astros son helados y la luz
cae confundida con la escarcha.

Tirado en el barro me estremezco. Un pájaro grazna sobre mi cabeza. Canto agorero, presagio
de algo imprevisible, quizá un derrumbe de terrones secos. O la sombra empedernida en que yaceré.
´
Inmovilizado por tantas heridas, sólo puedo mover los ojos, el mundo es como una carpa de circo,
azulada, cuajada de hielo. En mis oídos, las hijas susurran cánticos fúnebres. Moriré. Y no lloro ni
gimo. Estoy asumiendo mi partida con serenidad. Hasta me gustaría cantar mi
último tango, ese que siempre le dedicaba a Carmen. “dejame que te diga despacito, bomboncito,
bomboncito, dueña de mi corazón...”

Hace ya mucho que la sangre dejó de manar. Me siento próximo al desvanecimiento.Dos leopardos se acercan... me miran casi con desprecio y se van...Todo me duele. Cierro los ojos. Creo que así debería esperar el último minuto, ese que talvez me lleve a un cielo distinto a los que que conozco.

No puedo dejar de mirar esta inmensa carpa azul salpicada de remaches plateados. Quisiera que ella
estuviera acá, pusiera su mano sobre mi frente disgregada por el dolor. Tengo sueño bajo los
párpados y la veo sonreír mientras camina hacia la estación...

No sé si habré dormido un minuto o dos horas. Me sentía como abandonado en un baño turco. Y una sensación de caer, caer hacia el fondo de un pozo oscuro, poblado de fauces abiertas.. Al abrir los ojos, una gota de espanto recorre mi piel, a
sacude mis raíces. Frente a mi una figura fantasmal. No parece real. Pestañeo. Es un hombre de mirar suave. Nunca lo he visto antes:viste ropas de otro siglo. Parece un espadachín. No sé por qué le digo que se vaya.
-¡Levántate!--es una voz autoritaria- ¡Nada eres si continúas en el lodo! ¿Levántate...!

-Estoy herido de gravedad -casi susurro- ¿Sabe? He perdido un río de sangre...
El ve mis heridas. Se ríe.

-¡Es nada! ¡Nada! ¡No son tus enemigos los que te dejaron así! ¡Fuiste tú!
-¿Y la sangre, la inventé? ¿Y los cuchillos hundidos en mi cuerpo?
-¡Son tuyos!

-¿Míos? Yo no he clavado ese acero en mi abdomen... ¿Lo hice yo mismo?

El hombre me exige que lo siga. No puedo moverme, estoy pegado al barro y se ha secado copn mi sangre. No puedo. No. Quiero enmudecer aquí. No hay ya horizonte. Todo está perdido...

-Es la hora! ¡Debes levantarte y caminar!

El hombre de otro siglo se ve decepcionado ante mi resistencia. Empieza a correr, a
desaparecer, poco a poco.

-¡Sígueme...!
Miro hacia la distancia, el hombre está ya muy lejos. Hago un nuevo esfuerzo, crujen mis huesos, aunque y no me duelen tanto. ¡Lo alcanzaré! Con gran dificultad empiezo a caminar, luego a correr...
deberé alcanzarlo antes que desaparezca...

Carlos Ordenes Pincheira

viernes, 25 de enero de 2013

"EL MAESTRO" ALEJO URDANETA -VENEZUELA



"EL MAESTRO"

          Cuando salía de la Biblioteca, se topó con el maestro. Siempre lo ha venerado, por darle más que lecciones de filosofía y semántica. Es porque el maestro le ha abierto los sentidos hacia la sensualidad de la música, y ha emparentado la sabiduría del pensamiento abstracto con la presencia casi pétrea de una sinfonía o de un cuento literario.

Al maestro debe estas impresiones en su espíritu, y él trata de hablarle para conocerlo más, para saber de su vida,  porque nadie le ha dicho cómo es el maestro.

Sólo se repite en los pasillos de la Universidad que es austero y que vive con su madre; que ambos son melómanos y dedicados al ejercicio de las funciones del intelecto. Nadie conoce a la madre; sólo es la voz de las aulas la que afirma que es dama de estricta presencia que da a su hijo fuente de cono­cimiento para que enseñe lecciones de rígida moral dentro de formas preciosistas: la filosofía y el arte emparentados para ordenar la naturaleza humana.
         
Se ha propuesto acercarse mañana y decirle de sus inquietudes como aspirante a escritor, decirle también que comparte gustos como los que él y su madre disfrutan en solidaria comunión espiritual. Lo hará mañana.
         
La clase de filosofía acerca de la Fenomenología  de Husserl fue importante. La disyuntiva que ofrece la realidad al ser que piensa: ¿Existe por sí misma o requiere de la participación del otro para que sea verdadera realidad?   Había aceptado la tesis de Husserl y en cada recodo del camino a su casa se decía que esa piedra que veo no existe si no soy yo complemento de su existencia.

Decidió abordar al maestro al concluir la clase.
         
Reticencia al principio.  Los temas de clase ya son de todos, y pasar más allá no está permitido; pero deja abierta una posibilidad para más tarde: mañana o pasado mañana.

 Otra conversación en el parque al lado de una laguna. A solas, el pensamiento profundo es apetecible.

Le dice el maestro que el hombre es como un pequeño lago de gran profundidad cuyas aguas tienen distinta densidad: las de la superficie son claras y reciben el frescor de la montaña; las del fondo son obscuras y turbias, frías por la ausencia de claridad. Pero el alma deja que sus aguas se mez­clen, y las del fondo suben con turbiedad y frio para cambiarse con las cáli­das que abrazan el sol y el aire;  que ambas tengan oportunidad de proclamar existencia. El hombre es obscuro por sus llamados desconocidos y claro por su con­tacto con el aire: el ser humano pleno se apropia de la totalidad de su lago. Esa fue la conversación en el parque, obscurecido ya por el tiempo de lluvia.

 Se ha inicia­do una relación de curiosa humanidad.
         
Otro día aparece el motivo de la madre. Dice el maestro que es mujer de exigencias espirituales definidas: Bach, Beethoven, que ella toca en el severo piano; y conoce a Homero, a Eurípides. Todo el clasicismo en el pequeño estudio donde viven. El alumno imagina esa sala repleta de libros abiertos a la curiosidad, y piensa que la sonata treinta y dos de Beethoven que dio fin al género, puede escucharse de modo peculiar en esa sala de misterios, mientras el hijo maestro recoge la agonía del hombre, para llevarla luego al aula de la clase de  filosofía. Lo ha dicho casi forzado en confesión, porque el discípulo insiste.
         
El paso de los días alimenta la relación entre ambos. Cada vez se hacen más extensos los motivos de enfrentamiento intelectual, pero siempre en los pasillos de la Universidad, pues el maestro no quiere abrir su casa. Quedará oculta la sesión iniciática de música y pensamiento que se desarrolla en una silenciosa calle de la ciudad.  Los perros y el murmullo  de la noche serían únicos espectadores.
         
El alumno piensa un día que debe visitar al maestro. Se acerca la navidad y ese es un motivo para aproximársele, sobre todo después de tantas charlas en torno a los temas que los conmueven.  La explicación del quehacer del escritor en el mundo social; de nuevo la vanidad del que siente que las palabras han consagrado la gloria: el escritor tiene siempre proximidad con Dios, porque se proclama dueño del saber desde el pasado, o lo da a los contemporáneos que lo acompañan en el silencio y que secundan su obra, o espera la llegada del futuro. Siempre con la antorcha de la gloria.
         
Este es el día apropiado para visitar al maestro: conocerá su mundo reducido en espacio, inmenso en profundidad. Estará la madre frente al piano esbozando el segundo y último tiempo de la Sonata treinta y dos de Beethoven, y el hijo escuchará con devoción mientras compone algunas ideas en las que se mezcla el análisis filosófico con la inquietud del arte. Quizás un poema; tal vez la composición del ideario del buen decir y de la plena felicidad burguesa.

Estarán sentados en la pequeña sala, luces bajas y un silencio otro, porque sólo debe escucharse el arpegio que da el piano y el rasgar de la pluma.
         
Llega a la vieja casa de departamentos, visitada por el viento de la temprana noche, y halla en la puerta el aviso que anuncia la casa del maestro: tercer piso, Nº 3.  Sube las escaleras de madera, crujientes como el recuerdo, y alcanza el tercer piso. Sabe que no ha sido invitado pero que la acción de la amistad justifica el atrevimiento; y está ante la puerta y toca suavemente: sin respuesta. Toca de nuevo: sin respuesta. Una tercera vez le deja oír movimientos en el interior del departamento. Es como el golpe de una caja de piano ( o de ataúd), y después  un ominoso silencio. La espera de pocos minutos lo desespera, porque continúa el silencio después de aquel golpe inexplicable. ¿Qué debe hacer?  Devolverse sería lo más conveniente pues nadie lo ha visto llegar al edificio; pero la curiosidad lo excita a buscar sentido a la contradicción y todos sentimos el compromiso de ahogar las dudas.

Gira la manivela de la puerta y siente que cede. Abre con lentitud y encuentra la la semiobscuridad: apenas una lámpara amarilla de aceite deja ver muebles redondos de noche, cortinas plegadas, olor de humedad. Un espacio pequeño dominado por un piano, una mesa llena de libros, y estantes alrededor, en las paredes, también repletos de libros, periódicos, toda clase de impresos. Nada más a primera impresión. Pero algo vivo está en el ambiente; él percibe que en ese reducto de ideas se mueven calor y color: respira un perfume intenso y ve ropajes femeninos al fondo de la pieza.

 Al acercarse a un gran ropero en el borde de la habitación, escucha crujidos en el interior de madera y siente la ansiedad del miedo, pero no es su miedo sino el que emana de algo oculto allí. Ambos lo sienten ahora: el alumno, porque ha violado el secreto de la intimidad del maestro, y el armario por guardar la sorpresa que de repente se le viene encima, en el rostro pintado de carnaval que se presenta a sus ojos con el terror de haber sido descubierto.
    
De la penumbra del mueble surge una grotesca figura. La imagen parece ser de una mujer, no obstante su gruesa corpulencia: tiene el rostro pintado y vestida de lujuria. La aparición se arroja sobre el discípulo con violencia o vergüenza, y lo hace caer.

¿La madre?

Las paredes del refugio, iluminado tenuemente con el candil del aposento, están cubiertas de fotografías de una anciana de rostro adusto, con la expresión del espíritu de la filosofía.

"EL CABALLERO DE LOS 8 LIRIOS BLANCOS Y UNA FLOR DE LIS" AMÉRICA COMPARINI-CHILE










 No era hombre, sino el antiguo fantasma de un caballero andante, que 
brincaba por los techos de la ciudad en su corcel negro; no portaba el Santo Grial en sus manos, sino un copón de plata, desbordado de vapores, surgidos de sus propias lágrimas y recubierto de rubíes, que no eran otra cosas que ellas empañadas y petrificadas.


Ese fantasma, que a ratos se convertía en hombre, era el melancólico Caballero que portaba en su escudo 8 lirios blancos y una pequeña flor de Lis...blanco de barba y cabellos, desafiando sus propios temores me visitó un atardecer.


Portaba sandalias azules. Me sorprendió eso en su vestimenta, pero al fijarme más detenidamente, según sus intenciones cambiaban de color,.
Si hablaba de la guerra ellas se encendían, como heridos pechos de loicas, si gruñía se transformaban en negras, si su voz era dulce y esperanzadora, se volvían esmeraldas, si sentía el deseo fuerte de la poesía, azules, hasta llegar nuevamente a mimetizarse plateado, porque su vestimenta y todo en él era de ese color...
Dicen que venía de lejanas tierras, de aquella de 14 pasos adelante y 14 pasos atrás, de bosques repletos de druidas y ninfas que danzaban al amanecer...de caballeros rudos, que reían estrepitosamente , besaban a sus novias con la boca repleta de cerveza y venados, pero se jugaban la vida por cosas que consideraban del honor.


Cuentan, que este esbelto caballero , se descolgaba por las ventanas de las damas , plañendo sus lamentos de amor, para conquistar y cautivar su corazón de y luego retomar su camino : partir., como si jamás las hubiera conocido.


Un día, por esas cosas del destino, lo divisé en las páginas de un libro, que habitaba desde hace siglos en un estante de mi biblioteca...desde allí me hizo señales y me instó a buscarlo en la faz de la tierra.
Cosa, que para mi no fue difícil, ya que entraba y salía de los libros con una asombrosa facilidad, también a ratos, cuando mis preguntas eran demasiado íntimas y yo me volvía tediosa, el se transformaba en pez, un pez que yo trataba de coger, pero era imposible, escapaba como si mis manos fueran jabonosas, y mostraba unas aletas transparentes de diferentes formas y colores.
Eso en él me angustiaba, yo quería sujetarlo con mis manos, no para que perdiera su libertad, sino que para contemplar sus extraños visos y acariciarlo, porque en sus ojos pequeños había tanta necesidad de amor ..En realidad eso no era cierto, sino mi febril imaginación...
Y una tarde de equinoccio de verano,  lo vi avanzar con paso ligero por las faldas de la montaña cercana a mi hogar, en medio de eucaliptos, maitenes y aromáticas yerbas buenas. Me hizo señales con su mano derecha, la que tenía 6 dedos, que mas que dedos, parecía un ramo de adioses..
Intrigada , acogí su compañía y escuché por primera vez, las voces que hilvanaban sus labios bajo la armadura , eran voces dolientes, que hablaban de versos y contaban historias de mujeres tan profundamente amadas
y aunque los dioses, que se encontraban atónitos a mis espaldas , por mi actitud tan inadecuada, para una dama tan protegida en su castillo, lleno de barrotes y puente levadizo, me gritaban:
_ ¡Cuidado¡
Desobedeciendo a sus ruegos , pese a todo, tenté a los protectores de mi aura , y me dejé llevar por sus palabras y di paso a la madre-mujer conmovida ...y me engañé a mi misma pensando que lo encantaría, no con mis encantos poéticos y juglarescos , sino con los brebajes del amor.
Pero no pude, porque a ambos nos penaban los recuerdos y se reían con estridentes risas y carcajadas violentas, en la habitación, cuando desenfundó su espada y cortó los dos pabilos que ataban mi vestimenta.


Lo miré con mis traslúcidos ojos, él me dijo que eran hermosos y del color de la aguas del lago.
Puse mi mano sobre mi pecho, para compartir mi corazón con el suyo, pero el músculo ya no estaba allí.
 Vano intento, sólo había dejado un espacio inmenso : había muerto de tanto llorar.
Y aunque él nunca lo supo, en ese momento, en ese preciso momento, yo sentí deseos de amarlo y tuve grandes sentimientos de ternura...
hasta me convertí en un hada madrina y busqué doncellas para encantarlo, pero resultaron que no eran doncellas y tampoco quisieron encantarlo.


Sin embargo yo persistía en sacarlo de la tristeza, porque, en carne propia conocía el dolor del desamor y por esas locas cosas inexplicables... y si, que nos ocurren a las mujeres, su voz, no me era en absoluto ajena y usó palabras claves y perturbadoras que como enredaderas, habitaron en mi corazón, extendí mis manos y sacudí, como si fue una carpeta bordada con agujas de plata e hilos de colores, mis propios dolores.
Dancé por los techos de la ciudad, aledaños a los castillos viejos, donde se reunían los juglares con sus cítaras, los arlequines con sus arpas, los centauros con sus flautas y las ninfas con sutiles vestidos de gasas blancas a danzar. Dancé hasta quedar exhausta y pedirle a lo dioses , que se abrieran los cielos, escaparan las nubes negras y el sol volviera a salir en mi vida.
Descolgada en mi ventana, embriagada del perfume de los jazmines y el cedrón, que cual cabelleras caían suavemente por el balcón y perfumaban la tarde, invadiendo la calle con sus tentáculos dulces, escapé de mi pequeño jardín y abrí temblando de par en par las pesadas puertas y dejé que ese atardecer del día número 30, el Caballero de la Flor de Lis, entrara a mi lar, y que los besos fluyeran como por encanto y se esparcieran por todo el lugar llenándolo de amor.
Aromé de primaveras el salón y la alcoba , encendí los cirios de los candelabros y le dije en susurros pegada a su boca y sin que él me escuchara :

Déjame deslizarme 
orillarme por tu vida
bordear tus horas
llenarlas de soles
para que puedas aromar nuevamente a rosas......

Ese atardecer, que él desconocido, el extranjero caballero, corrió con su alazán plateado casi rozando las azoteas del vecindario , se apagó el sol, tronaron los cielos, se encendieron los relámpagos que ocultos veraneaban en las faldas voluptuosas de las nubes, nubes caprichosas, dejaron a sus amantes y se fueron corriendo veloces tras el Caballero de la Flor de Lis, celosas iban a detenerlo cuando llegó a golpear mi ventana ,.
Inconsciente de mis actos y cautivada por sus cantos, su voz y su mirada, extendí los brazos temblorosos con ternura para recibirlo, y en un acto amoroso tomé su corazón y lo puse junto al mío, pero pasadas algunas horas, después de los consabidos besos y las horas de placer, al palpar nuevamente su pecho, me di cuenta que ya no existía y había un hueco más profundo que el mió.
Mirándome tristemente me dijo:
"_Lo siento bella señora de los ojos traslúcidos como el agua de los lagos, no puedo amarla, tengo el corazón deshecho. Se lo llevó todo ella..."

Esa noche me dormí con el alma extrañamente confundida, metida hacia adentro, dispuesta a esperar su retorno, a sabiendas que era imposible. Conclusión que me llegó luego de verlo galopando hacia las estrellas, escapando como huracán perdido en las nubes negras. Y se había vuelto nuevamente todo oscuro, como oscuro era todo en él.
Sentí tanto miedo, que su color me invadiera, contaminara mi alma y sellara mi risa, apagara la armonía de mi arco iris. Si eso sucediera, me repetía a modo de consuelo, deberé escapar a prisa de él.
Me dormí en la cama aún tibia por su presencia y sintiendo su olor en mi almohada...y su sombra a mi costado.


Cuando desperté, era la mañana, un rayo de luz se insinuaba por el cortinaje, las aves cantaban en los árboles y una caja extraña, encantada, pequeña, reflejaba personas.
 Una voz extraña repetía:
" las 7.30 de la mañana hora de levantarse. Hora de levantarse..."

Levanté la cabeza sin comprender nada, miré las paredes de la habitación, en una de ellas  había un cuadro de Marilyn Monroe, una mesita de noche, un jarro  repleto de tulipanes, la cómoda y el secreter con los cofrecitos pequeños con joyas y colgantes, la puerta del closet entreabierta, mostrando mi chaqueta marrón, mi perra roncando a mi lado.

El reloj alarma seguía repitiendo "las 7.35 hora de levantarse, hora de levantarse"....

Era todo tan incomprensible: la habitación era otra, no había salón ni vestidos antiguos, no había armadura, caballo alazán.
Sino Siglo 21, sólo obligaciones, trabajo sólo hasta mediodía.

De un salto me senté en la cama y comprendí que el Caballero que portaba un escudo con 8 lirios blanco y una pequeña flor de lis, nunca existió, me palpé el pecho para ver si tenía corazón..y el músculo cardiaco contestaba sincopadamente: aquí estoy..aquí estoy"..


Todo no había sido más que un sueño. Algo absolutamente irreal,completamente surrealista la conversación, las imágenes , sus manos, su boca y la mía repitiendo :¡ qué placer...qué placer¡


Un bostezo políticamente correcto se deslizó por el dormitorio, con un pequeño escalofrío extendí los brazos hacia arriba, los bajé y me puse las pantuflas , la bata, tomé los acostumbrados 3 fármacos matutinos .


Dejé correr el agua sobre la tina y ya adentro de la ducha, mientras el agua corría por mi cabello y el shampoo, se metía en mis ojos, dejé escapar un sollozo...y sin darme cuente dije­

­_ ¡Yo quería que fuera cierto.¡..Talvez cansada de llorar ausencias,
de saber que el  amor perdido ya nunca más volverá.


Salí de la tina, temblando me envolví en la toalla llena de flores y me puse otra en la cabeza, y me fui al dormitorio, la Iglesia de la Merced tocaba su octava campanada ya.


Al agachar la cabeza y quitarme la toalla para secarme el cabello, con el movimiento, se voló una hoja que estaba sobre mi velador y que no había visto, pensando que era alguna cuenta , la tomé , y cayeron al suelo 8 pequeños lirios blancos y una azul flor de lis.

jueves, 24 de enero de 2013

MILAGRO MARÍA EN EL OLVIDO-IAN WELDEN-DINAMARCA




MILAGRO
MARIA EN EL OLVIDO

"Everybody knows that the boat is leaking

Everybody knows that the captain lied

Everybody got this broken feeling

Like their father or their dog just died..."

Leonard Cohen
                                I

Abro la ventana y me crujen los huesos.

Consuelo me diría que debería alegrarme, que el dolor es una manifestación de vida y que no hay dolor en la muerte. Pero yo le contestaría que hay demasiada muerte en el dolor. Muerte y sopitas y mierda. Me desplazo cual caracol de mi cama al sillón para sentarme ante la ventana y observar a los niños que juegan en el patio y a los bellos jóvenes que robándose besos y caricias desafían impunes el orden de las cosas. Ah, el sexo benefactor y fértil como una mañana ardiente. Allá ellos.

Aunque parezca una alucinación, yo fui joven y bella una vez. Y toqué pieles de todo los colores del arco iris. Pieles suaves como la superficie de la la luna y ásperas como los valles del planeta Marte. La mía era pálida y frágil. Y los hombres se mataban por poder pasar sus lenguas sedientas y babosas por ella. Mi lengua era diestra y hábil y nací con el talento de usarla para causar y causarme placeres inimaginables.

Lautaro Martín Huenchulán O´Brian, con su pelo irlandés violentamente rojo y su piel oscura e indómita de indio mapuche a la intemperie me arrebató en cuerpo y alma de mis ensueños y divagaciones de adolescente y me hinchó el vientre con cinco hijos fuertes y bien enclavados en la tierra y que ahora andan por aquí en el planeta reproduciéndose y multiplicándose como mandó el Señor. Mi amor por Lautaro aún lo tengo sujeto a mi corazón ya tan cansado y adolorido. Lo amé a pesar de sus borracheras, infidelidades compulsivas, delitos y locuras como quién ama a un árbol.

"Buenos días, señora María; anoche tuve que cambiarle los pañales dos veces... ¿se acuerda?"

"No me venga con esas tonteras a estas horas de la mañana, Consuelo. ¿Acaso no se acuerda de que yo fui una estrella de cine admirada e idolatrada?"

"Así será, señora, pero ahora déjeme bañarla y vestirla."

"No quiero que me toque!"

"¡Ya pues! ¡Huele a orina y mierda, señora María!"

"¿Y a quién le importa? ¡A mi no!"

"Tal vez la visiten sus nietos, uno nunca sabe."

"¿Mis nietos? No me haga reír."

"Bueno, en realidad son todos unos ingratos en su familia. Lleva ya cinco años aquí y jamás ha recibido visita. Ni siquiera para las navidades..."

Lautaro murió en un tiroteo en las afueras del cine Windsor. Vaya una a saber en qué lío se habría metido. Fue el día del estreno de mi primera película, la que me llevó al estrellato, la fama y todo eso. Éramos tan jóvenes y bellos, ¡Dios mío! Mis hijitos y yo lo vimos morir entre fotógrafos y hordas de público y curiosos. Yo lo alcancé a besar por última vez y sentí su aliento agridulce en mi cara y vi su alma desconcertada corriendo alrededor de su cuerpo lleno de agujeros cual gallo descabezado. Me visitó varias veces después, cuando me miraba en el espejo o estaba en la tinaja remojando mi magnífica desnudez. Pero desapareció para siempre, creía yo, cuando Esteban Poblete Larraín entró a mi vida por mi puerta principal burlándose de las buenas costumbres y el sexto mandamiento.

Teníamos ambos veinte años de edad. Mi belleza florecía como una rosa silvestre y quitaba el aliento tanto a hombres como a mujeres. Esteban, sigiloso, arrogante y mortal como la serpiente del paraíso, desterró a mis hijos a una academia militar y cuidó de que nada ni nadie estorbara nuestra loca fiesta de los sentidos. Había también otros hombres competentes que entraban y salían por mi casa las noches en que Esteban viajaba por el mundo preparando mis actuaciones y conferencias. Caían a mis pies rogándome, querían, por supuesto, mi juventud y mi belleza para si mismos. Se amenazaban de muerte entre ellos y se aliaban en contra de Esteban como una manada de mamíferos carniceros y hambrientos. Yo reía, gozaba y los despachaba al amanecer.

"¿Qué edad tienes, Consuelo?"

"Dieciocho, señora. ¿Por qué?"

"Eres bonita, ¿sabes?"

"Sí..."

"Tienes a un hombre?"

"Su sopa se está enfriando, señora María, ¿quiere que se la dé con cuchara?"

"¿Tal vez tienes muchos?"

"¿Muchos qué, señora?"

"¡HOMBRES! payasa...."

"Yo recibo mi sueldo para cuidarla y atenderla..."

"¡No seas ridícula, mujer! ¿Sabes que yo fui joven como tú una vez? Pero no tan sólo bonita sino que bellísima."

"No lo dudo."

"¿Me crees si te digo que tenía que espantarlos como a moscas?"

"Si necesita algo más toque el timbre, señora María. Tengo que atender a otros pacientes."

"Puta! Eso es lo que eres... Una maldita puta que se abre de piernas y goza. ¡Dios mío, que miseria!"

No puedo abrir la ventana. La sopa está fría y llueve tristemente como si fuera la última lluvia de todas. En mi espejo se refleja mi rostro monstruoso lleno de volcanes y cicatrices tan profundas que se me ven mis maldades, pecados y traiciones. Mis hijos enloquecidos con metralletas y vistiendo uniformes ridículos y demasiado grandes para su edad. Mis secretos repugnantes... ¿estaré en el purgatorio? El alma de Lautaro ronda por aquí como una avispa porfiada y lacha. Echo tanto de menos mi menstruación y mis dientes.

Esteban llegaba con flores y cheques de países exóticos y con un pene tan rígido que me podía columpiar de él. Y nos filmábamos para luego disfrutar de nuestras hazañas eróticas mientras cenábamos manjares que tan solo nosotros y algunos monarcas del mundo conocían. Una madrugada de domingo las bestias burlaron la guardia, entraron a nuestro dormitorio y lo mataron, simplemente. A mi no me tocaron. No vertí ni un sola lágrima para no estropear mi cara maravillosa. Mi corazón se endureció, sí, como una piedra y para siempre. Hay fotos del entierro en los archivos del mundo. Yo sonrío melancólicamente como la Mona Lisa.

Además, Walter Svendsen, un vikingo danés imponente como el sol me introdujo una mano hirviendo bajo mi vestido negro y esa misma noche lo contraté como guardaespalda, manager y amante. No saqué a mis hijos de la academia militar ya que en esa época y a pesar de su corta edad ya andaban matando gente pobre en países lejanos. Estaba en la cumbre de mi carrera, mi talento y mi belleza y la vida transcurría plácida y fértil como una primavera.

Pero en las noches cuando Walter dormía, los fantasmas de Lautaro y Esteban entraban al dormitorio completamente desnudos y armados con machetes. Se infligían heridas salvajes en un silencio aterrador y sobrenatural. Sólo se escuchaban las poderosas navajas rasgando el aire. Sus rostros pálidos y transparentes, sus ojos hueros y sus bocas azules no tenían expresión alguna. Desaparecían al amanecer nuevamente y en el dormitorio quedaba flotando un penetrante hedor a descomposición que Walter atribuía a la maldita flojera de los aseadores.

"Pero señora María, ¡no se tomó la sopa! ¿Quiere que le traiga una papillita bien sabrosa? Ya va a atardecer y tengo que prepararla para la noche."

"Tráeme un pene bien parado mejor..."

"¡Ya! ¿Empezamos de nuevo? Aquí le tengo sus píldoras."

"¡Ay, que bendición!"

"Estas píldoras la hacen sentirse tranquila, ¿no?"

"Sí, Consuelita. Es el único placer que me queda en la vida."

"¡Por Dios! Ya se cagó de nuevo! Qué olor, señora... ¿Por qué no me ha llamado antes?"

"Es el olor de Lautaro y Esteban y Walter, Consuelo. Sopa, mierda y dolor pues. Sopa, mierda y muerte..."

Le tengo terror a la muerte porque es una criatura sin respeto. Se entromete en los pocos días que me van quedando y me amenaza con la inconsciencia eterna. Se ríe de mis pobres pechos que cuelgan como pantrucas hasta mi ombligo. Se burla de mis otrora sorprendentes nalgas, hoy transformadas en algo parecido a bizcochos averiados. Lloro, a veces, cuando Consuelo me baña y alcanzo a ver la mazamorra que es mi cuerpo en el espejo grande del baño. Como materia desmoronada, Esto es un pecado cometido por Dios. O la venganza del mismo diablo. Una venganza cruel e ingeniosa. ¿Qué hora será? ¿Es día o noche? ¿Por qué no viene Walter a visitarme? O Angélica. ¿Dónde estoy?

No entiendo, me había olvidado de Angélica Morales, la directora y camarógrafa chilena que me abrió las puertas al mismo paraíso y desplazó a Walter de una sola mirada. Walter se suicidó como era de esperar y se unió a la confraternidad fantasmal de Lautaro y Esteban. Era la época de la liberación pero también de la más. desalmada represión. Gobiernos militares subían a los tronos llevándose en sus bolsillos la eterna sangre de los desposeídos del mundo. No es que a mi me importara. A mi sólo me importaban mi juventud y las caricias e imaginación tan fértil de Angélica. Ella asumió el poder cumpliendo sus sensuales promesas electorales mas allá de todas mis expectativas. Besar a una mujer es un milagro. Quien no haya besado a una mujer no sabe lo que es tocar el cielo. Pero besar a Angélica era como besar al ángel de la guarda.

Debería confesarme, me diría Consuelo. Si tan sólo supiera... Un hombre es un mal substituto, le diría yo. Angélica también transformó mi fama febril en mitología con su maestría profesional. Ya no era una estrella de cine adorada sino una diosa. Las multitudes se arrodillaban ante mi y lloraban con fervor. Nos reíamos y nos amábamos cual colegialas, adolescentes, no pudiendo estar separadas más de algunos minutos. Mis hijos la odiaban obviamente y por ella los expulsé de mi vida para siempre sin siquiera sospechar que yo ya estaba organizando el alud de soledad que hoy tan tan entusiasmadamente me sepulta.

Tampoco sospechaba que Angélica y yo íbamos a vivir juntas precisamente veinte años y que ella me traicionaría exactamente cuando más la necesitaba. Mi juventud se desvanecía aceleradamente como un espejismo y mi talento vacilaba ante las cámaras. Mi público comenzó a darme las espaldas y las salas de cine estaban semivacías. Y ella, aún desplegándose como un pétalo de amapola, me abandonó por una estrellita debutante lanzándola al firmamento, a nuestra cama, y a mi al tarro de la bausra. La vieja historia de siempre con la diferencia de que yo, trastornada de frialdad, las masacré a balazos una afortunada y calurosa nochebuena con el viejo revólver oxidado pero aún eficaz de Lautaro Huenchulán. Y la cárcel, bueno, había muchas angélicas. Años y años interminables de angélicas a mi entera disposición. También insaciables lautaros, estébanes y walters ad libitum. ¡Consuelo!

"¿Llamó, señora María?"

"Quiero morirme ahora, por favor."

"Creo que es mejor que se tome sus píldoras..."

"Y no quiero a un sacerdote vestido de negro ni a mis hijos ni a mis nietos. ¿Tengo nietos, Consuelo?"

"Si señora. Tiene muchos nietos y nietas según sus papeles."

"¿Y mis hijos dónde están?

"Sus cinco hijos murieron por la democracia, señora."

"¿Democracia? ¿Quién es ella? ¿Es tan linda como fui yo?"

"Señora María, tómese sus píldoras y duerma un poco, le va a hacer bien."

"Así que Democracia los pillos. El mundo siempre gira en torno a una mujer bella con nombre de artista..."

Que extraño, me volvió mi menstruación esta mañana mientras intentaba abrir la ventana. Primero sentí la conocida gotera entre mis piernas y luego el chorrito caliente y reconfortante. Y me salió un nuevo diente, un incisivo brillante y pulido como una perla. Esto no es como debe ser. No debería estar ocurriendo. Añoro las manos tibias de mi madre y la voz serena y firme de mi padre. Consuelo ha entrado a mi cuarto vestida de novia. Viene del brazo de Lautaro Martín Huenchulán O´Brian quien luce su traje negro y su corbata roja de siempre. Lo escoltan Esteban Poblete Larraín y el vikingo, Walter Svendsen. Ambos llevan ametralladoras colgadas de los hombros. Angélica Morales viene entrando solemnemente con una vela encendida. Yo no puedo hablar ni moverme. Cinco soldaditos famélicos toman posición de combate alrededor de mi cama. Uno de ellos abre la ventana y me sonríe con ternura. Entra una brisa muy fresca, mis huesos crujen y logro cerrar los ojos.
 "Allá ellos" alcanzo a pensar.

Agosto 2009

Ian Welden, Dinamarca, Chile © 2009

ian.welden@mail.dk

Dibujo de Maritza Álvarez

http://verbal-maritza.blogspot.com

Otros cuentos del autor en Proyecto Sherezade:


 Milagro: Mi querida Calle Larga de Valby

Milagro: Tu mano en la ventana del tren

Milagro: Los hombres también lloramos
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