martes, 4 de agosto de 2015

EL SEH-E-LEN - MÓNICA GÓMEZ - CHILE



EL  SEH - E - LEN
                                        por Mónica Gómez


Se comenta que a diferencia del feto que anida sólo en mujeres embarazadas, el Seh -e- len mora en todos lo seres humanos y que se desarrolla más vigoroso en huérfanos y dementes.

Gelatinoso, tiene la virtud de empequeñecer o expandirse a voluntad, en su hábitat dentro del lóbulo izquierdo, cerca de la parte superior de la oreja, la que a veces cosquillea desde su interior produciendo un escalofrío, que  recorre la nuca hasta el cuello  y que suele confundirse con una sensación de gran tristeza parecida a la melancolía.

El Seh-e-len tiene mil tentáculos con afiladas puntas, que se adhieren sólidamente, hasta a veces dañar los músculos de las paredes del lóbulo. No duerme jamás y por la noche se aferra con más fuerza y se tranquiliza únicamente si el ser que habita, sueña.

Cuando las mujeres se preñan, sus Seh-e-lenes caen en un sopor cataléptico del que no despiertan hasta el momento del alumbramiento, el instante mismo cuando se corta el cordón umbilical entre la madre y el niño.

La mayoría de la gente niega la existencia de este ser, aunque varios investigadores han manifestado (en algunas publicaciones universitarias), una que otra vaga alusión al respecto, las que



se refieren a la soledad interna como el ambiente idóneo para el desarrollo del Seh-e-len.

En cambio dos o tres neurocirujanos de cierto prestigio, dicen que no es posible calificar de entes vivos a una materia de color ámbar encontrada a veces en el interior del área izquierda de la masa encefálica, sin dar mayor explicación científica a las múltiples formaciones calcáreas móviles, semejantes a pequeñísimas uñas, que la rodea.


Al parecer, quienes más se han preocupado por dar respuesta a la autenticidad o no del Seh-e-len, son lo lamas del Monasterio Bool en el Tíbet, los que han extraído, mediante delicadas técnicas de autosugestión, algunos ejemplares vivos en mujeres albinas  y niños mongólicos, los que conservan en gigantescas cámaras de silencio, aisladas de todo estímulo, uno en cada una, separadas por una distancia de cinco kilómetros y bajo una temperatura ambiental de menos 80º C.

La opinión oriental es quizás la que da más luces sobre el asunto (probablemente porque es la única técnica experimental que ha aislado a lo seres en estado puro, fuera de su lugar habitual) y concluye que el Seh-e-len es la soledad misma, ese vacío inexplicable que acompaña al ser humano desde su nacimiento y durante toda su vida. Y aconseja que si alguien desea hacerlo desaparecer para siempre, debe -a través de una tan selectiva como ardua búsqueda- encontrarle la  pareja.


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