jueves, 27 de octubre de 2016

LUIS ANTONIO PENAGLIA GUZMÁN - EL OTRO- CHILE

EL OTRO
 (Luis Antonio Penaglia Guzmán)

Jaime es mi amigo. Nos conocimos  hace treinta años, cuando entramos a estudiar medicina. Entonces, se produjo una recíproca simpatía que pronto  se transformó en una sólida amistad, basada en la lealtad y sinceridad. Él es un tipo transparente, culto, inteligente y bien inspirado, por lo cual  podrá comprenderse fácilmente  la sorpresa e incredulidad que sentí cuando esa noche me confió su terrible secreto. Ignoro el daño que éste infligirá a nuestra amistad. Pero eso lo podré aclarar después. Por ahora tengo que tratar de asimilar y entender lo ocurrido, pero creo que no me será fácil.
 Yo lo había notado un poco raro desde hace tiempo, algo taciturno y distraído; pero yo, ingenuamente, lo había atribuido a cansancio, o a algún problema conyugal, pese a saber perfectamente que entre él  y Andrea, su mujer, existía una excelente relación.
Pero será mejor no extenderme en consideraciones y relatarles los hechos tal como él me los confió, para que sean ustedes los que saquen sus propias conclusiones.
Pese a que yo estaba seguro que ya no vendría a nuestra cita de los lunes, Jaime pasó esa noche por mi consulta después del horario de atención. Era una antigua costumbre que teníamos. En esas dos o tres horas de relajada reunión, conversábamos de todo y nos tomábamos uno o dos tragos para regar nuestra amistad. Al verlo entrar, tuve la certeza que tenía un problema, pero no dije nada sabiendo que me lo contaría cuando lo estimara oportuno. Pronto estuvimos hablando de cosas triviales, escudados en una interminable partida de ajedrez, mientras saboreábamos un excelente coñac.
-¿Crees que existe el crimen perfecto? –Dijo de pronto, mirándome a los ojos con una expresión de gravedad que le había visto muy pocas veces.
Le contesté que en realidad nunca me había puesto a pensar demasiado sobre el tema, pero que en principio lo encontraba posible aunque difícil.
  -¿Crees entonces –continuó– que exista la posibilidad de un tiempo que corra paralelo al nuestro?
Realmente me causó una gran extrañeza su segunda pregunta, que además yo veía sin ninguna relación con la primera. Esto  se debe  haber  reflejado  en mi  mirada,  ya  que bajó la suya, dejándola  escurrir entre las piezas del tablero.
 -Te voy a contar algo terrible de mí, - dijo con voz apagada y sin alzar la vista – pero absolutamente nadie lo debe saber y esto incluye también a Andrea.
Pensando que tal vez se fuera a referir a alguna equivocación profesional, con daño  para algún paciente, traté de disuadirlo. Pero Jaime no lo permitió, diciendo que lo había pensado mucho, que tenía que decírselo a alguien y que ese no podría ser otro mas que yo.
-¿Recuerdas cuando hace dos meses salimos a comer todo el grupo del hospital? –   Preguntó casi con brusquedad.
-Por supuesto –respondí incómodo, añadiendo luego-. ¡Cómo no voy a recordarlo!... si además te retiraste en la mitad de la comida fingiendo un malestar.
Jaime suspiró profundamente, se arrellanó en el sillón, me pidió que no lo interrumpiera y con una voz tremendamente cansada comenzó su historia así:
-Esa noche  no tenía ganas de ir a la cena. En realidad sólo sentía un fuerte deseo de irme a casa y estar con Andrea, pero como ya me había comprometido con el grupo, decidí que tenía otra alternativa más que asistir. Tal vez ese fue mi error. Recuerdo que mientras conducía en dirección al restaurante iba pensando en la forma más elegante de eludir el compromiso. Sentía una necesidad imperiosa de estar con ella. Era casi una compulsión, algo que no había sentido jamás. Cuando estacioné el automóvil, ustedes, que me estaban esperando en la puerta del local, empezaron a entrar. Tú te quedaste al último y cuando te alcancé me hiciste una broma que no contesté. Venía pensando en decirte que te fueras a la mesa ya que yo debía pasar al baño. Mi idea era que una vez que te hubieras ido, en vez de reunirme al grupo, saldría del restaurante y me iría. Pero…. no lo hice. No te dije nada, no pasé al baño y no me fui del local. Así  llegamos juntos a la mesa. Mientras nos acomodábamos alguien hizo una broma con relación a lo distraído y ausente que yo parecía. La verdad es que yo  había seguido pensando, con lujo de detalles, que si me hubiera metido al baño, en aquel momento ya estaría caminando por la calle en dirección al coche. Me vi claramente abriendo la puerta, poniendo la llave en la chapa de contacto, encendiendo el motor y las luces, bajando el vidrio de la ventanilla y dándole unas monedas al cuidador, luego de lo cual me iba. Después de aquello que experimenté en forma muy real, mientras en verdad me encontraba en el comedor junto al grupo, quedé un poco más tranquilo. Todavía sentía el deseo de irme a casa, pero más atenuado y sin esa rara sensación, casi esquizofrénica, de estar haciéndolo y… simultáneamente quedándome donde estaba.
Aquí mi amigo hizo una breve pausa, suspiró, paseó su mirada por toda la habitación. Quizás pensaba en que aún era tiempo de detenerse. Todavía no llegaba al punto en que ya no hay retorno. Yo estaba en esas conjeturas, cuando me interrumpió su voz que decía:
-Eso era lo que pasaba por mi interior entonces. A ello se debía mi tensión y distracción. Al cabo de una hora y sin terminar de comer, se me ocurrió decir que me sentía muy cansado, que me dolía fuertemente la cabeza y que el día siguiente sería muy pesado, por lo que les rogué que me excusaran y me retiré.
Aquí Jaime hizo otra pausa, bebió un largo sorbo de coñac y fijó en mí su mirada. En ella vi el reflejo de una dramática lucha interior .Hasta aquí yo no veía adónde quería llegar mi amigo. No entendía la necesidad de referirse con tanto detalle a un hecho nimio, ocurrido un par de meses atrás y del cual yo también había sido protagonista. Lo único claro era la obsesión de un tipo por ver de inmediato a su esposa, lo que me hizo pensar que detrás de ello había algún sentimiento de culpa. Quizás una infidelidad o la posibilidad de ella. Estaba explicándole  aquello, cuando me interrumpió diciendo:
-¡Olvídate de la psiquiatría, por favor! No tiene nada que ver con esto. Pronto verás que es algo mucho peor... Cuando salí del restaurante no encontré el auto donde lo había estacionado. Interrogué al hombre que cuidaba, quién dijo que poco después que entramos, alguien salió, se metió en él y se fue. Que no recordaba al tipo, que son tantos los vehículos a su cargo, etc. Me fui directo a la policía e hice la denuncia respectiva, después tomé un taxi y me fui a casa.
-Imagínate mi indignación –dijo mientras encendía un cigarrillo– al ver el coche estacionado a la entrada. Fue Andrea, pensé, quien molesta porque comería con ustedes, se dirigió al local y se le ocurrió hacerme una broma pesada. No se me ocurrió otra explicación, a pesar que ésta no encajaba para nada ni con su forma de ser ni con el estilo de nuestras relaciones.
En ese momento observé como la tensión se había apoderado de mi amigo. Su voz vibraba extraña, su rostro estaba demacrado y su mano apretaba con fuerza la copa de cristal.
-Y ahora viene lo increíble –dijo mirando el cenicero, mientras aplastaba el cigarrillo a medio consumir–. Abrí la puerta lentamente y…ahí estaba  Andrea, sentada en el sofá besándose con un hombre que me daba la espalda. Al sentir el ruido de la puerta se soltaron y quedaron mirándome petrificados. Yo, por mi parte, creí que iba a perder el sentido. En cualquier otra circunstancia habría sabido que hacer, es decir: agredir al tipo hasta matarlo o retirarme dignamente de la escena y no volver jamás.
-Pero dime –dijo, mirándome suplicante-. ¿Qué haces cuando el hombre que está con tu esposa eres tú mismo?
Yo asombrado quise interrumpirlo para que me aclarara que quería decir, pero parecía no oírme y siguió como en un monólogo:
 -Sí, el otro que estaba ahí era idéntico, absolutamente idéntico a mí hasta el último detalle de su cuerpo y de su vestimenta. Su mirada, su tono de voz, todo, todo era igual. ¡Sencillamente era yo!..
  -Pasada la sorpresa inicial –continuó Jaime, sin esperar a que pasase la que yo estaba sintiendo-  intenté pedirle explicaciones, pero él me paró en seco, diciendo que era yo quién debía aclarar que pretendía al entrar en su casa a esta hora y más encima aparentando ser él. ¡Imagínate, él pidiéndome aclarar la situación! Esto hubiera bastado para haberlo sacado a patadas de ahí, pero no pude, al ver en sus argumentos la misma lógica mía. Seguramente a él le ocurrió algo semejante y eso impidió que nos fuéramos a las manos.
-Andrea era la que menos entendía lo que estaba sucediendo. Había presenciado atónita toda la escena, pero ahora, madre en primer lugar, nos pidió que nos calláramos. Luego subió al segundo piso a verificar si los niños continuaban dormidos. Al volver, dirigiéndose a ambos, dijo que sin importar lo que fuéramos a decidir o a hacer al respecto, los chicos no debían enterarse de nada. Nosotros asentimos y ese fue en verdad el primer acuerdo que llegamos con mi “alter  ego”. -Después, con un pragmatismo muy propio de ella, nos hizo pasar al escritorio, cerró la puerta con llave y pasándonos una hoja de papel a cada uno, nos sometió a una especie de examen: Nombre, fecha del matrimonio y la del nacimiento de nuestros hijos, cuando fue última relación sexual, quién nos regaló la bandeja de plata que está sobre la repisa y otras tantas preguntas por el estilo. Yo además sugerí que estampáramos la firma, pero esto último sin mucha convicción, ya que empezaba a intuir una horrible verdad.
Jaime, a esas alturas de la noche, se veía terriblemente cansado por el esfuerzo doloroso que le provocaba la narración. Yo vertí más licor en las copas, mientras lo oía continuar:
-Por cierto, las dos hojas coincidieron plenamente en todo, y…cuando digo plenamente, quiero que entiendas el término en forma literal. Desde la letra, la redacción e incluso un par de borrones, todo era igual. Después de aquello, los tres quedamos cabizbajos y abatidos por un tiempo que me pareció una eternidad. Sin duda, en ese momento, era Andrea la más apesadumbrada, ya que de seguro había creído que la prueba ideada mostraría claramente cuál era su marido legítimo y quién el impostor. Debido al fracaso, probablemente su mente estaba tratando de entender esa realidad mucho más compleja de lo que hasta entonces había supuesto. De pronto, mientras todos estábamos silenciosos, recordé la denuncia del robo del auto y mientras tomaba el teléfono exclamé: “¡Hay que llamar a la policía!".
Me refirió que su actitud había provocado un gran sobresalto en los demás, pero cuando él les contó lo de su denuncia por el supuesto robo del vehículo, se produjo un ambiente de mayor relajación.
-Después de decirle a la policía que el auto había aparecido –continuó–, empezó entre él y yo un mutuo interrogatorio que terminó centrado en el último día, el que fue analizado minuto a minuto, con prolijidad de cirujano. Todos nuestros recuerdos, hasta el detalle más insignificante, eran totalmente concordantes. Tanto los hechos, como las impresiones subjetivas que estos nos habían provocado, eran también idénticos…La lucha entre el fortísimo deseo de  ver a Andrea en contra del compromiso adquirido con los colegas, había suscitado el mismo conflicto en ambos. El viaje  desde el hospital al restaurante, incluyendo la música y hasta los anuncios escuchados en la radio del coche, eran recordados de igual manera por los dos.
 -Donde empezó la diferencia –continuó Jaime, después de una pausa para beber un sorbo de licor-, fue cuando entré o mejor dicho entramos tú y yo al local. Él recordaba que después de una broma que le hiciste, pidiéndote que te adelantaras, pasó al baño, luego de lo cual salió y se dirigió al auto con una sensación de vergüenza por haberlos dejado. Contó que mientras caminaba al coche, se imaginaba claramente al grupo instalándose alrededor de la mesa, incluido él, conversando trivialidades antes de ordenar. Mientras subía al auto se veía a sí mismo distraído en medio de los demás. Luego encendió el motor y las luces, bajó la ventanilla para darle una propina al cuidador y partió a casa.
 -El resto puedes imaginártelo, –dijo mi amigo dirigiéndome una mirada que era la personificación de la tristeza. – llegó a casa donde estaba Andrea, la que se mostró feliz y sorprendida porque esperaba que lo haría más tarde. Luego cenaron, se tomaron un trago y se pusieron a pasar un rato tranquilo y romántico, pero…aparecí yo.
Se produjo un pesado silencio, que yo empleé en tratar de ordenar en mi mente lo que acababa de oír. Me era difícil asimilar lo escuchado. Si se tratara de cualquier otro, hace rato que lo hubiera considerado un loco o lo hubiera despedido pensando que era un embustero. Pero era Jaime, mi amigo, de cuyo criterio y honestidad no podría dudar jamás. Después de algunos instantes, sin haber aclarado nada, dije: 
-Te das cuenta que eso significa que ese día, en algún momento, te desdoblaste, sufriste una especie de clonación espontánea y seguiste,  simultáneamente  dos cursos de acción posibles.
-Efectivamente –asintió él –,  pero no fue en “algún momento”, como acabas de decir, sino en uno muy preciso, cuando iba entrando contigo al local. Fue justo en ese instante que ocurrió la duplicación. Por una parte caminé junto a ti hacia la mesa y por otra me fui al baño para después salir del local. Y aunque la dualidad comenzó físicamente en ese momento, en verdad fue un proceso, algo comparable a un parto, ya que nuestras mentes estuvieron todavía unidas por un invisible cordón umbilical. Por eso, durante algunos minutos ambos estuvimos sintiendo, junto a las propias vivencias, también las del otro, hasta que se rompió definitivamente la unión y fuimos plenamente independientes. 
Sentí una rara sensación. Por segunda vez en el relato, Jaime recalcaba que todo había comenzado cuando entraba junto a mí.
-¿Estará culpándome en forma velada? –Me dije.
Sentí el impulso de preguntárselo, pero no lo hice. Para qué. Tal vez sólo fueran cosas mías. En cambio, mientras jugueteaba en forma nerviosa, con la dama del ajedrez entre mis dedos,  dije:
-Pero eso es terrible. No sólo para ustedes, sino para todo el mundo ya que, por una parte, cambia todas las concepciones que uno tenga del universo, del espacio y del tiempo; y, por  otra, está latente la posibilidad que a cualquiera le pase lo mismo que a ti.
-En teoría es cierto lo que planteas –dijo  calmadamente–, pero en la práctica no creo que sea como para que todos se alarmen. Debe ser una rareza cósmica, de muy escasa ocurrencia y que por lo mismo no debiera ser considerada como un problema para la humanidad.
Verdaderamente me asombró la poca importancia que Jaime le asignaba al asunto como fenómeno concerniente a todos, sobre todo porque dicho planteamiento provenía de una mente tremendamente analítica como la suya. Se me ocurrió que  detrás de ese raciocinio, se escondía más bien el deseo de no despertar curiosidad sobre el tema, para no involucrar a más personas. Pero, por ahora, pensé que era mejor dejar de lado los aspectos teóricos del caso y abocarse a los efectos concretos del problema. Así se lo manifesté.
 -Es cierto –asintió él–, a eso voy. Ya te conté que después de un largo análisis, como a las dos horas, concluimos que ambos éramos auténticos. Que habíamos sufrido un fenómeno inentendible y espantoso. Establecido esto, quedaba por resolver la parte práctica. Rápidamente decidimos  que el secreto debía quedarse entre los tres. Respecto al trabajo acordamos  que íbamos  a instalar esa consulta en el suburbio, de la cual yo te había hablado y que hasta  ese día tenía casi decidido no abrir, por no quedarme tiempo disponible. ¿Recuerdas?
 Asentí con la cabeza y le dije que, por lo mismo, me había asombrado bastante cuando en el hospital me había comunicado  que iniciaría la nueva consulta a la brevedad.
-¡Yo no te comuniqué nada! –dijo él con fastidio–. Fue el  otro. Yo no te he visto desde hace dos meses. Exactamente desde la noche fatal.
La reina, que aún tenía entre mis dedos, cayó estrepitosamente sobre el tablero, volcando de paso dos o tres piezas más. Sentía mi cabeza como en un torbellino. Jaime había dicho que no me veía desde hace dos meses. ¿Y quién era entonces ese con el que yo compartía día a día en el hospital? …¿Con quién estuve  el lunes pasado y el anterior, en este mismo sitio, jugando ajedrez, recordando viejas anécdotas estudiantiles y comentando la situación internacional? …
La voz de mi amigo, totalmente indiferente al pequeño cataclismo producido en el tablero y a la confusión que me había paralizado, me sacó del estupor. Pareciera que finalmente quería terminar de desahogarse y decirlo todo. Me estaba contando que rápidamente decidieron abrir la segunda consulta, la que estaría a su cargo, en tanto que “el otro” seguiría en el hospital y en la oficina del centro, que los dineros los repartirían en forma equitativa y que, además habían fijado un cuidadoso plan de desplazamientos para no encontrarse nunca ambos frente a terceros. Continuó con una larga serie de detalles, todos muy sensatos, pero que estimo innecesario enumerar. Lo único que me chocó fue que en este convenio, “el otro” se quedó viviendo en la casa con los niños y la mujer. Ignoro como llegaron a este acuerdo, pero me parece que se debió, nada más,  al hecho de que “éste” había llegado esa noche un poco antes al hogar.
-Lo último no me parece justo para ti – dije en tono enérgico.
-¿Y crees que la situación misma lo era? –Respondió, añadiendo-. ¿Hubiera sido más justo que yo me quedara y él se fuera? ¿O que nos hubiésemos turnado para acostarnos con Andrea?
Después de esas preguntas suyas, que no requerían respuesta de mi parte, continuó su relato diciéndome que él partió esa misma noche a un hotel, mientras encontraba donde instalarse en forma definitiva; pero antes acordaron un sistema expedito de comunicaciones, como también una forma en que él pudiera ver a los niños sin que estos notaran la dualidad paterna.
En una semana fue abierto el consultorio nuevo, al que dedicó casi todo su tiempo. También alquiló y se mudó a un departamento cercano. Todo empezó a funcionar tan bien como se planeó. Es decir, si en estas circunstancias se puede emplear la palabra “bien", ya que Jaime se encontró a los cuarenta y ocho años, desarraigado y sin mujer e hijos.
-La cosa funcionó bien poco más de un mes y medio -dijo él–, hasta que una noche, en que me encontraba meditando, se me ocurrió que si él moría, yo podría regresar a mi vida normal. De ahí a planear su muerte no hubo más que un paso. Estuve pensando muchos días en el asunto y te juro que lo hubiera descartado completamente si no hubiera sido porque, de pronto, me di cuenta que por ser nuestras mentes completamente iguales, a él, tarde o temprano, también se le iba a ocurrir lo mismo. Por lo tanto ahora se trataba sencillamente de él o yo. Posiblemente por ser el más perjudicado le llevaba un poco de delantera, pero sería por poco. Esto me decidió a hacerlo.
-Adquirí un revólver en forma clandestina –continuó él con asombrosa frialdad– y lo cité, con el pretexto de un imprevisto, a la consulta nueva, la noche del viernes pasado. Llegó puntual. Yo tenía pensado conversar un rato con él. Explicarle que sentía terriblemente lo que iba a hacer, mal que mal, él era también yo. Pero al verlo, tal vez advirtiendo en forma inconsciente algún gesto suyo, se me ocurrió que mi ventaja no era tanta y que él también había estado esperando la oportunidad para matarme…
Aquí Jaime hizo un alto, clavó la vista en el suelo, como si estuviera inspeccionando sus zapatos y con voz temblorosa y débil, dijo:
-No me equivoqué. Alcancé a disparar sólo una fracción de segundo antes que él…
Yo estaba atónito. Abrigaba la absurda esperanza que en algún momento mi amigo, lanzando una carcajada, dijera que todo era una broma, o que despertara en mi cama y aquello no fuese más que una tonta pesadilla. Pero nada de eso ocurrió. En cambio oí la voz de Jaime que decía:
-A continuación llamé por teléfono a Andrea y le dije que se había presentado una emergencia, por lo que llegaría tarde. Después puse el cadáver en el portamaletas del auto, salí de la ciudad y lo enterré junto a las dos armas, que dicho de paso eran idénticas. Creo que será muy difícil que lo encuentren y si llegan a hacerlo, no podrán relacionarlo con nadie, pues el muerto está vivo…soy yo.
-En la madrugada volví a casa –siguió él – y pude por fin abrazar a mi mujer, quién, como es de suponer, ignora esta parte de la historia. Más adelante tendré que inventar algo al respecto. Se me ocurre que podría decirle que “el  otro” o sea yo, no pudo  aceptar la situación y que en un gesto de hidalguía se fue del país. ¿No  crees que sea una idea excelente?
Yo no contesté la pregunta de mi amigo. Un torbellino de sensaciones bullía, como un enjambre de abejas enloquecidas, en mi cabeza. Por una parte, pensaba en el golpe demoledor que éste había recibido. Por otro lado me alegraba que él hubiera resuelto la situación, aunque también pensaba que por el hecho de haber sido mediante un homicidio, de un modo impreciso, iba a afectar seriamente  nuestra amistad.
Todos estos embriones de pensamientos hicieron que durante algún rato yo permaneciera cabizbajo y silencioso. El percibir que mi amigo se ponía de pie diciendo que debía retirarse por lo avanzado de la hora, me volvió a la realidad.
Jaime se fue aliviado. Era completamente distinto al que había entrado sólo tres horas atrás. Lucía optimista y lleno de planes. Tal vez haya sido por eso, por simple cobardía, porque quizás no lo consideré tan importante, o porque sencillamente lo olvidé, que no fui capaz de decirle entonces lo que cuando llegó callé por cortesía y que luego, por lo dramático de la conversación, no pude decir. Unos quince minutos antes de su llegada, “él” me había telefoneado para avisarme que no vendría, pues deseaba ir pronto a casa...



                                         F I N

LUIS ANTONIO PENAGLIA GUZMÁN - EL OTRO- CHILENO

EL OTRO
                                      (Luis Antonio Penaglia Guzmán)
Jaime es mi amigo. Nos conocimos  hace treinta años, cuando entramos a estudiar medicina. Entonces, se produjo una recíproca simpatía que pronto  se transformó en una sólida amistad, basada en la lealtad y sinceridad. Él es un tipo transparente, culto, inteligente y bien inspirado, por lo cual  podrá comprenderse fácilmente  la sorpresa e incredulidad que sentí cuando esa noche me confió su terrible secreto. Ignoro el daño que éste infligirá a nuestra amistad. Pero eso lo podré aclarar después. Por ahora tengo que tratar de asimilar y entender lo ocurrido, pero creo que no me será fácil.
 Yo lo había notado un poco raro desde hace tiempo, algo taciturno y distraído; pero yo, ingenuamente, lo había atribuido a cansancio, o a algún problema conyugal, pese a saber perfectamente que entre él  y Andrea, su mujer, existía una excelente relación.
Pero será mejor no extenderme en consideraciones y relatarles los hechos tal como él me los confió, para que sean ustedes los que saquen sus propias conclusiones.
Pese a que yo estaba seguro que ya no vendría a nuestra cita de los lunes, Jaime pasó esa noche por mi consulta después del horario de atención. Era una antigua costumbre que teníamos. En esas dos o tres horas de relajada reunión, conversábamos de todo y nos tomábamos uno o dos tragos para regar nuestra amistad. Al verlo entrar, tuve la certeza que tenía un problema, pero no dije nada sabiendo que me lo contaría cuando lo estimara oportuno. Pronto estuvimos hablando de cosas triviales, escudados en una interminable partida de ajedrez, mientras saboreábamos un excelente coñac.
-¿Crees que existe el crimen perfecto? –Dijo de pronto, mirándome a los ojos con una expresión de gravedad que le había visto muy pocas veces.
Le contesté que en realidad nunca me había puesto a pensar demasiado sobre el tema, pero que en principio lo encontraba posible aunque difícil.
  -¿Crees entonces –continuó– que exista la posibilidad de un tiempo que corra paralelo al nuestro?
Realmente me causó una gran extrañeza su segunda pregunta, que además yo veía sin ninguna relación con la primera. Esto  se debe  haber  reflejado  en mi  mirada,  ya  que bajó la suya, dejándola  escurrir entre las piezas del tablero.
 -Te voy a contar algo terrible de mí, - dijo con voz apagada y sin alzar la vista – pero absolutamente nadie lo debe saber y esto incluye también a Andrea.
Pensando que tal vez se fuera a referir a alguna equivocación profesional, con daño  para algún paciente, traté de disuadirlo. Pero Jaime no lo permitió, diciendo que lo había pensado mucho, que tenía que decírselo a alguien y que ese no podría ser otro mas que yo.
-¿Recuerdas cuando hace dos meses salimos a comer todo el grupo del hospital? –   Preguntó casi con brusquedad.
-Por supuesto –respondí incómodo, añadiendo luego-. ¡Cómo no voy a recordarlo!... si además te retiraste en la mitad de la comida fingiendo un malestar.
Jaime suspiró profundamente, se arrellanó en el sillón, me pidió que no lo interrumpiera y con una voz tremendamente cansada comenzó su historia así:
-Esa noche  no tenía ganas de ir a la cena. En realidad sólo sentía un fuerte deseo de irme a casa y estar con Andrea, pero como ya me había comprometido con el grupo, decidí que tenía otra alternativa más que asistir. Tal vez ese fue mi error. Recuerdo que mientras conducía en dirección al restaurante iba pensando en la forma más elegante de eludir el compromiso. Sentía una necesidad imperiosa de estar con ella. Era casi una compulsión, algo que no había sentido jamás. Cuando estacioné el automóvil, ustedes, que me estaban esperando en la puerta del local, empezaron a entrar. Tú te quedaste al último y cuando te alcancé me hiciste una broma que no contesté. Venía pensando en decirte que te fueras a la mesa ya que yo debía pasar al baño. Mi idea era que una vez que te hubieras ido, en vez de reunirme al grupo, saldría del restaurante y me iría. Pero…. no lo hice. No te dije nada, no pasé al baño y no me fui del local. Así  llegamos juntos a la mesa. Mientras nos acomodábamos alguien hizo una broma con relación a lo distraído y ausente que yo parecía. La verdad es que yo  había seguido pensando, con lujo de detalles, que si me hubiera metido al baño, en aquel momento ya estaría caminando por la calle en dirección al coche. Me vi claramente abriendo la puerta, poniendo la llave en la chapa de contacto, encendiendo el motor y las luces, bajando el vidrio de la ventanilla y dándole unas monedas al cuidador, luego de lo cual me iba. Después de aquello que experimenté en forma muy real, mientras en verdad me encontraba en el comedor junto al grupo, quedé un poco más tranquilo. Todavía sentía el deseo de irme a casa, pero más atenuado y sin esa rara sensación, casi esquizofrénica, de estar haciéndolo y… simultáneamente quedándome donde estaba.
Aquí mi amigo hizo una breve pausa, suspiró, paseó su mirada por toda la habitación. Quizás pensaba en que aún era tiempo de detenerse. Todavía no llegaba al punto en que ya no hay retorno. Yo estaba en esas conjeturas, cuando me interrumpió su voz que decía:
-Eso era lo que pasaba por mi interior entonces. A ello se debía mi tensión y distracción. Al cabo de una hora y sin terminar de comer, se me ocurrió decir que me sentía muy cansado, que me dolía fuertemente la cabeza y que el día siguiente sería muy pesado, por lo que les rogué que me excusaran y me retiré.
Aquí Jaime hizo otra pausa, bebió un largo sorbo de coñac y fijó en mí su mirada. En ella vi el reflejo de una dramática lucha interior .Hasta aquí yo no veía adónde quería llegar mi amigo. No entendía la necesidad de referirse con tanto detalle a un hecho nimio, ocurrido un par de meses atrás y del cual yo también había sido protagonista. Lo único claro era la obsesión de un tipo por ver de inmediato a su esposa, lo que me hizo pensar que detrás de ello había algún sentimiento de culpa. Quizás una infidelidad o la posibilidad de ella. Estaba explicándole  aquello, cuando me interrumpió diciendo:
-¡Olvídate de la psiquiatría, por favor! No tiene nada que ver con esto. Pronto verás que es algo mucho peor... Cuando salí del restaurante no encontré el auto donde lo había estacionado. Interrogué al hombre que cuidaba, quién dijo que poco después que entramos, alguien salió, se metió en él y se fue. Que no recordaba al tipo, que son tantos los vehículos a su cargo, etc. Me fui directo a la policía e hice la denuncia respectiva, después tomé un taxi y me fui a casa.
-Imagínate mi indignación –dijo mientras encendía un cigarrillo– al ver el coche estacionado a la entrada. Fue Andrea, pensé, quien molesta porque comería con ustedes, se dirigió al local y se le ocurrió hacerme una broma pesada. No se me ocurrió otra explicación, a pesar que ésta no encajaba para nada ni con su forma de ser ni con el estilo de nuestras relaciones.
En ese momento observé como la tensión se había apoderado de mi amigo. Su voz vibraba extraña, su rostro estaba demacrado y su mano apretaba con fuerza la copa de cristal.
-Y ahora viene lo increíble –dijo mirando el cenicero, mientras aplastaba el cigarrillo a medio consumir–. Abrí la puerta lentamente y…ahí estaba  Andrea, sentada en el sofá besándose con un hombre que me daba la espalda. Al sentir el ruido de la puerta se soltaron y quedaron mirándome petrificados. Yo, por mi parte, creí que iba a perder el sentido. En cualquier otra circunstancia habría sabido que hacer, es decir: agredir al tipo hasta matarlo o retirarme dignamente de la escena y no volver jamás.
-Pero dime –dijo, mirándome suplicante-. ¿Qué haces cuando el hombre que está con tu esposa eres tú mismo?
Yo asombrado quise interrumpirlo para que me aclarara que quería decir, pero parecía no oírme y siguió como en un monólogo:
 -Sí, el otro que estaba ahí era idéntico, absolutamente idéntico a mí hasta el último detalle de su cuerpo y de su vestimenta. Su mirada, su tono de voz, todo, todo era igual. ¡Sencillamente era yo!..
  -Pasada la sorpresa inicial –continuó Jaime, sin esperar a que pasase la que yo estaba sintiendo-  intenté pedirle explicaciones, pero él me paró en seco, diciendo que era yo quién debía aclarar que pretendía al entrar en su casa a esta hora y más encima aparentando ser él. ¡Imagínate, él pidiéndome aclarar la situación! Esto hubiera bastado para haberlo sacado a patadas de ahí, pero no pude, al ver en sus argumentos la misma lógica mía. Seguramente a él le ocurrió algo semejante y eso impidió que nos fuéramos a las manos.
-Andrea era la que menos entendía lo que estaba sucediendo. Había presenciado atónita toda la escena, pero ahora, madre en primer lugar, nos pidió que nos calláramos. Luego subió al segundo piso a verificar si los niños continuaban dormidos. Al volver, dirigiéndose a ambos, dijo que sin importar lo que fuéramos a decidir o a hacer al respecto, los chicos no debían enterarse de nada. Nosotros asentimos y ese fue en verdad el primer acuerdo que llegamos con mi “alter  ego”. -Después, con un pragmatismo muy propio de ella, nos hizo pasar al escritorio, cerró la puerta con llave y pasándonos una hoja de papel a cada uno, nos sometió a una especie de examen: Nombre, fecha del matrimonio y la del nacimiento de nuestros hijos, cuando fue última relación sexual, quién nos regaló la bandeja de plata que está sobre la repisa y otras tantas preguntas por el estilo. Yo además sugerí que estampáramos la firma, pero esto último sin mucha convicción, ya que empezaba a intuir una horrible verdad.
Jaime, a esas alturas de la noche, se veía terriblemente cansado por el esfuerzo doloroso que le provocaba la narración. Yo vertí más licor en las copas, mientras lo oía continuar:
-Por cierto, las dos hojas coincidieron plenamente en todo, y…cuando digo plenamente, quiero que entiendas el término en forma literal. Desde la letra, la redacción e incluso un par de borrones, todo era igual. Después de aquello, los tres quedamos cabizbajos y abatidos por un tiempo que me pareció una eternidad. Sin duda, en ese momento, era Andrea la más apesadumbrada, ya que de seguro había creído que la prueba ideada mostraría claramente cuál era su marido legítimo y quién el impostor. Debido al fracaso, probablemente su mente estaba tratando de entender esa realidad mucho más compleja de lo que hasta entonces había supuesto. De pronto, mientras todos estábamos silenciosos, recordé la denuncia del robo del auto y mientras tomaba el teléfono exclamé: “¡Hay que llamar a la policía!".
Me refirió que su actitud había provocado un gran sobresalto en los demás, pero cuando él les contó lo de su denuncia por el supuesto robo del vehículo, se produjo un ambiente de mayor relajación.
-Después de decirle a la policía que el auto había aparecido –continuó–, empezó entre él y yo un mutuo interrogatorio que terminó centrado en el último día, el que fue analizado minuto a minuto, con prolijidad de cirujano. Todos nuestros recuerdos, hasta el detalle más insignificante, eran totalmente concordantes. Tanto los hechos, como las impresiones subjetivas que estos nos habían provocado, eran también idénticos…La lucha entre el fortísimo deseo de  ver a Andrea en contra del compromiso adquirido con los colegas, había suscitado el mismo conflicto en ambos. El viaje  desde el hospital al restaurante, incluyendo la música y hasta los anuncios escuchados en la radio del coche, eran recordados de igual manera por los dos.
 -Donde empezó la diferencia –continuó Jaime, después de una pausa para beber un sorbo de licor-, fue cuando entré o mejor dicho entramos tú y yo al local. Él recordaba que después de una broma que le hiciste, pidiéndote que te adelantaras, pasó al baño, luego de lo cual salió y se dirigió al auto con una sensación de vergüenza por haberlos dejado. Contó que mientras caminaba al coche, se imaginaba claramente al grupo instalándose alrededor de la mesa, incluido él, conversando trivialidades antes de ordenar. Mientras subía al auto se veía a sí mismo distraído en medio de los demás. Luego encendió el motor y las luces, bajó la ventanilla para darle una propina al cuidador y partió a casa.
 -El resto puedes imaginártelo, –dijo mi amigo dirigiéndome una mirada que era la personificación de la tristeza. – llegó a casa donde estaba Andrea, la que se mostró feliz y sorprendida porque esperaba que lo haría más tarde. Luego cenaron, se tomaron un trago y se pusieron a pasar un rato tranquilo y romántico, pero…aparecí yo.
Se produjo un pesado silencio, que yo empleé en tratar de ordenar en mi mente lo que acababa de oír. Me era difícil asimilar lo escuchado. Si se tratara de cualquier otro, hace rato que lo hubiera considerado un loco o lo hubiera despedido pensando que era un embustero. Pero era Jaime, mi amigo, de cuyo criterio y honestidad no podría dudar jamás. Después de algunos instantes, sin haber aclarado nada, dije: 
-Te das cuenta que eso significa que ese día, en algún momento, te desdoblaste, sufriste una especie de clonación espontánea y seguiste,  simultáneamente  dos cursos de acción posibles.
-Efectivamente –asintió él –,  pero no fue en “algún momento”, como acabas de decir, sino en uno muy preciso, cuando iba entrando contigo al local. Fue justo en ese instante que ocurrió la duplicación. Por una parte caminé junto a ti hacia la mesa y por otra me fui al baño para después salir del local. Y aunque la dualidad comenzó físicamente en ese momento, en verdad fue un proceso, algo comparable a un parto, ya que nuestras mentes estuvieron todavía unidas por un invisible cordón umbilical. Por eso, durante algunos minutos ambos estuvimos sintiendo, junto a las propias vivencias, también las del otro, hasta que se rompió definitivamente la unión y fuimos plenamente independientes. 
Sentí una rara sensación. Por segunda vez en el relato, Jaime recalcaba que todo había comenzado cuando entraba junto a mí.
-¿Estará culpándome en forma velada? –Me dije.
Sentí el impulso de preguntárselo, pero no lo hice. Para qué. Tal vez sólo fueran cosas mías. En cambio, mientras jugueteaba en forma nerviosa, con la dama del ajedrez entre mis dedos,  dije:
-Pero eso es terrible. No sólo para ustedes, sino para todo el mundo ya que, por una parte, cambia todas las concepciones que uno tenga del universo, del espacio y del tiempo; y, por  otra, está latente la posibilidad que a cualquiera le pase lo mismo que a ti.
-En teoría es cierto lo que planteas –dijo  calmadamente–, pero en la práctica no creo que sea como para que todos se alarmen. Debe ser una rareza cósmica, de muy escasa ocurrencia y que por lo mismo no debiera ser considerada como un problema para la humanidad.
Verdaderamente me asombró la poca importancia que Jaime le asignaba al asunto como fenómeno concerniente a todos, sobre todo porque dicho planteamiento provenía de una mente tremendamente analítica como la suya. Se me ocurrió que  detrás de ese raciocinio, se escondía más bien el deseo de no despertar curiosidad sobre el tema, para no involucrar a más personas. Pero, por ahora, pensé que era mejor dejar de lado los aspectos teóricos del caso y abocarse a los efectos concretos del problema. Así se lo manifesté.
 -Es cierto –asintió él–, a eso voy. Ya te conté que después de un largo análisis, como a las dos horas, concluimos que ambos éramos auténticos. Que habíamos sufrido un fenómeno inentendible y espantoso. Establecido esto, quedaba por resolver la parte práctica. Rápidamente decidimos  que el secreto debía quedarse entre los tres. Respecto al trabajo acordamos  que íbamos  a instalar esa consulta en el suburbio, de la cual yo te había hablado y que hasta  ese día tenía casi decidido no abrir, por no quedarme tiempo disponible. ¿Recuerdas?
 Asentí con la cabeza y le dije que, por lo mismo, me había asombrado bastante cuando en el hospital me había comunicado  que iniciaría la nueva consulta a la brevedad.
-¡Yo no te comuniqué nada! –dijo él con fastidio–. Fue el  otro. Yo no te he visto desde hace dos meses. Exactamente desde la noche fatal.
La reina, que aún tenía entre mis dedos, cayó estrepitosamente sobre el tablero, volcando de paso dos o tres piezas más. Sentía mi cabeza como en un torbellino. Jaime había dicho que no me veía desde hace dos meses. ¿Y quién era entonces ese con el que yo compartía día a día en el hospital? …¿Con quién estuve  el lunes pasado y el anterior, en este mismo sitio, jugando ajedrez, recordando viejas anécdotas estudiantiles y comentando la situación internacional? …
La voz de mi amigo, totalmente indiferente al pequeño cataclismo producido en el tablero y a la confusión que me había paralizado, me sacó del estupor. Pareciera que finalmente quería terminar de desahogarse y decirlo todo. Me estaba contando que rápidamente decidieron abrir la segunda consulta, la que estaría a su cargo, en tanto que “el otro” seguiría en el hospital y en la oficina del centro, que los dineros los repartirían en forma equitativa y que, además habían fijado un cuidadoso plan de desplazamientos para no encontrarse nunca ambos frente a terceros. Continuó con una larga serie de detalles, todos muy sensatos, pero que estimo innecesario enumerar. Lo único que me chocó fue que en este convenio, “el otro” se quedó viviendo en la casa con los niños y la mujer. Ignoro como llegaron a este acuerdo, pero me parece que se debió, nada más,  al hecho de que “éste” había llegado esa noche un poco antes al hogar.
-Lo último no me parece justo para ti – dije en tono enérgico.
-¿Y crees que la situación misma lo era? –Respondió, añadiendo-. ¿Hubiera sido más justo que yo me quedara y él se fuera? ¿O que nos hubiésemos turnado para acostarnos con Andrea?
Después de esas preguntas suyas, que no requerían respuesta de mi parte, continuó su relato diciéndome que él partió esa misma noche a un hotel, mientras encontraba donde instalarse en forma definitiva; pero antes acordaron un sistema expedito de comunicaciones, como también una forma en que él pudiera ver a los niños sin que estos notaran la dualidad paterna.
En una semana fue abierto el consultorio nuevo, al que dedicó casi todo su tiempo. También alquiló y se mudó a un departamento cercano. Todo empezó a funcionar tan bien como se planeó. Es decir, si en estas circunstancias se puede emplear la palabra “bien", ya que Jaime se encontró a los cuarenta y ocho años, desarraigado y sin mujer e hijos.
-La cosa funcionó bien poco más de un mes y medio -dijo él–, hasta que una noche, en que me encontraba meditando, se me ocurrió que si él moría, yo podría regresar a mi vida normal. De ahí a planear su muerte no hubo más que un paso. Estuve pensando muchos días en el asunto y te juro que lo hubiera descartado completamente si no hubiera sido porque, de pronto, me di cuenta que por ser nuestras mentes completamente iguales, a él, tarde o temprano, también se le iba a ocurrir lo mismo. Por lo tanto ahora se trataba sencillamente de él o yo. Posiblemente por ser el más perjudicado le llevaba un poco de delantera, pero sería por poco. Esto me decidió a hacerlo.
-Adquirí un revólver en forma clandestina –continuó él con asombrosa frialdad– y lo cité, con el pretexto de un imprevisto, a la consulta nueva, la noche del viernes pasado. Llegó puntual. Yo tenía pensado conversar un rato con él. Explicarle que sentía terriblemente lo que iba a hacer, mal que mal, él era también yo. Pero al verlo, tal vez advirtiendo en forma inconsciente algún gesto suyo, se me ocurrió que mi ventaja no era tanta y que él también había estado esperando la oportunidad para matarme…
Aquí Jaime hizo un alto, clavó la vista en el suelo, como si estuviera inspeccionando sus zapatos y con voz temblorosa y débil, dijo:
-No me equivoqué. Alcancé a disparar sólo una fracción de segundo antes que él…
Yo estaba atónito. Abrigaba la absurda esperanza que en algún momento mi amigo, lanzando una carcajada, dijera que todo era una broma, o que despertara en mi cama y aquello no fuese más que una tonta pesadilla. Pero nada de eso ocurrió. En cambio oí la voz de Jaime que decía:
-A continuación llamé por teléfono a Andrea y le dije que se había presentado una emergencia, por lo que llegaría tarde. Después puse el cadáver en el portamaletas del auto, salí de la ciudad y lo enterré junto a las dos armas, que dicho de paso eran idénticas. Creo que será muy difícil que lo encuentren y si llegan a hacerlo, no podrán relacionarlo con nadie, pues el muerto está vivo…soy yo.
-En la madrugada volví a casa –siguió él – y pude por fin abrazar a mi mujer, quién, como es de suponer, ignora esta parte de la historia. Más adelante tendré que inventar algo al respecto. Se me ocurre que podría decirle que “el  otro” o sea yo, no pudo  aceptar la situación y que en un gesto de hidalguía se fue del país. ¿No  crees que sea una idea excelente?
Yo no contesté la pregunta de mi amigo. Un torbellino de sensaciones bullía, como un enjambre de abejas enloquecidas, en mi cabeza. Por una parte, pensaba en el golpe demoledor que éste había recibido. Por otro lado me alegraba que él hubiera resuelto la situación, aunque también pensaba que por el hecho de haber sido mediante un homicidio, de un modo impreciso, iba a afectar seriamente  nuestra amistad.
Todos estos embriones de pensamientos hicieron que durante algún rato yo permaneciera cabizbajo y silencioso. El percibir que mi amigo se ponía de pie diciendo que debía retirarse por lo avanzado de la hora, me volvió a la realidad.
Jaime se fue aliviado. Era completamente distinto al que había entrado sólo tres horas atrás. Lucía optimista y lleno de planes. Tal vez haya sido por eso, por simple cobardía, porque quizás no lo consideré tan importante, o porque sencillamente lo olvidé, que no fui capaz de decirle entonces lo que cuando llegó callé por cortesía y que luego, por lo dramático de la conversación, no pude decir. Unos quince minutos antes de su llegada, “él” me había telefoneado para avisarme que no vendría, pues deseaba ir pronto a casa...



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