miércoles, 18 de mayo de 2022

ANGELES DE MI GUARDA _AMÉRICA COMPARINI SALAS_(RELATO) _MARIELA ORTEGA COMPARINI _ (FOTOGRAFÍA) _CHILE






ÁNGELES DE MI GUARDA

La tarde en que el juez Duncan, alias el “exterminador”, entró a la sala, carraspeó fuertemente para acallar a la concurrencia que había asistido al “Juicio del Siglo”.
­Un gran número de personas  se encontraban  dentro del antiguo edificio neoclàsico, que servía como Palacio de Justicia.
 Iniciando el heterogéneo cuadro humano y casi posando para los medios, un sonriente político maduro muy bien vestido por un diseñador top, asociado a la farándula criolla y galán frecuentemente rodeado de jovencitas o prometedoras estrellitas del espectáculo, acompañaba a una joven y hermosa viuda de sombrero alón y vestida sobriamente  de negro,  atuendo que hacía destacar su larga cabellera cobriza.
En la fila posterior había  una corrida de diferentes personas y colorido pertenecientes al jurado. 
Merodeando por todos lados y mezclándose reporteros gráficos, inundaban de luces con sus flashes impertinentes. 
En este grupo humano, también parloteaban conocidos periodistas de diversos diarios y revistas, agentes de publicidad, dueñas de casa, que habían abandonado las ollas y pañales  para el evento importante, camarógrafos nacionales y extranjeros, escritores, dos pintores, varios actores mayores,  modelos heterosexuales  femeninas y  masculinos , dos modelos homosexuales, un peluquero transexual,  dos anticuarios, un connotado empresario dueño de una cadena de tiendas  e industria cosmetológica, un director de cine 'busca talentos", un Tarotista de luenga barba blanca y abundantes cabellera, una médium de ojos negros  rasgados  de ascendencia turca, cuya cabeza lucía un exótico turbante, algunos  artistas circenses, un estafador famoso encubierto como parasicólogo, un relojero,  un veterinario, algunos estudiantes de derecho, cuatro damas de edad avanzada, un perrito chiguagua vestido con capa de tul rosa, un mago, un dueño de circo, un director de Hogar de Ancianos, y otras personajes difíciles de identificar por su estilo. 
Todos muy arreglados y vestidos formalmente, rozando  la elegancia exótica ,salvo  actores, modelos y gente de circo, que se caracterizaban por sus gustos diferentes y algo estrafalarios, portando peinados y trajes extravagantes .
Uno de los jóvenes gay,  llevaba un gran mechón verde en su cabello , este caía abruptamente y hacía un arco sobre su frente; llamaba la atención su manía de estar  acomodándolo frecuentemente, mientras  hacía guiños  y flexiones con sus labios besadores,  al  tratar de disimular la intencionalidad de su conducta coqueta con una pluma color violeta que tapaba su cara y soplaba, mientras observaba  al director de cine, que lo observaba con desagrado ante su mirada de  gran insistencia, le parecía ridícula su actitud ,  él precisamente estaba interesado en una sexy modelo latina de cabellera azabache, cascada rizada  que movía de manera magistral. 
Chica de gran escote frontal y lateral, que apenas tapaba su grácil  figura con un vestido rojo, que envolvía sensualmente su cuerpo frutal, cuya sonrisa prometedora surgía a espaldas tras el homosexual.
Todo este  mundo de personalidades entusiastas y curiosas, había ido a mirar y apoyar a la reo, que era sobrina putativa del juez Duncan, única hija de un primo lejano  de su esposa Betty, un tal Dorian Müller, tildado  “como la oveja negra de la familia” por negarse a seguir la  profesión de abogado, como la mayoría de los varones de tan prestigiosa parentela, para dedicarse a viajar por el mundo coleccionando antigüedades para pvenderlas como originales, o simplemente falsificándolas, según lo requería la ocasión ,  pro_ poder
financiar sus sueños  o escribiendo en cuadernillos llamados “Apuntes de Viajes "repletos de notas  con mapas auténticos o imaginarios de lugares lejanos o inexistentes y hermosos diseños que el mismo dibujaba. 
Para colmo de males, casado con una actriz de teatro Itinerante, que cansada de su despreocupación hacia ella y amor  por tanto colmillo de elefantes, piedras preciosas sanadoras, artículos y  chucherías varias, como viajes a islas misteriosas con extraños acompañantes,  o verlo a su retorno  libando raros zumos  de extrañas yerbas maceradas, que le permitían viajar por diversos paraísos  sin moverse del mismo lugar y sentir que había tanto amor dentro de él que podía amar a hombres y mujeres sin discriminar y distinción alguna.
Harta de todo,  su mujer le entregó la única hija llamada Alice, fruto de la antigua  pasión  y se fue en un safari con un rico comerciante árabe que le puso el mundo a sus pies. 
Finalmente Dorian, años antes de morir de malaria y hacerse monje, le entregó su hija a Betty , quién  logró llenar todos  los vacíos maternos que no pudo concretar con el juez Duncan.
Su sobrina estaba acusada de homicidio en primer grado, la víctima era Robert White, alias “Tony el Magnífico”, dueño de una afamada  empresa dedicada a embellecer y detener el tiempo y las arrugas con sus productos cosmetológicos .  
Además de ser uno de los capos del mundo de los negocios y relacionarse con personajes del narcotráfico, tenía muchos enemigos.
El juez Duncan era  muy alto y delgado.
Sus ojos pequeños y azules, apenas se notaban tras los grandes anteojos de marco dorado.  Se sonaba y tosía continuamente  producto de su placer oculto por el tabaco . Cercana estaba su pipa  compañera, que delataba su única adicción mundana.
Sabía y tenía la certeza que el juicio de su sobrina no sería fácil y dictaminar sentencia  sobre Alice,  preciosa niña que llegó a encantarlo con sus ensortijados cabellos, que hoy lucían alisados , cuando sus alocados padres la abandonaron y se olvidaron de ella.
 Aunque se consideraba algo rígido  o demasiado enérgico con ella, lo justificaba pensando que lo hacía  para domar de alguna forma, esos malos  genes heredados, aunque  la amaba y  conocía la alegría que generó en su esposa Betty ,que suspiraba tanto por el hijo que nunca llegó.
Tras la peluca blanca, obligatoria y fastidiosa para los jueces, no así para  los calvos, Mr. Duncan se sentía incómodo, nervioso, tenía conocimiento que en la sala estaba el abogado  John Morrison, su gran rival, a quien le había  hecho perder varios juicios y le tenía sangre en el ojo, sangre que se volvería implacable contra Alice. 
Ahora era el momento de su vendetta como fiscal acusador de su sobrina.
La puerta de caoba labrada  y tallada con una gran  figura de mujer de ojos vendados, sosteniendo  una balanza en relieve, chirrió como un largo lamento y se abrió.
Entonces el público enmudeció ante la aparición de  Alice Müller , la top modelo del momento, delgada, muy blanca, casi transparente, similar a una aparición surrealista , con los labios pintados de rojo fuerte, pestañas postizas y los ojos glaucos maquillados  suavemente.
Su cabello rubio pajizo estaba peinado hacia atrás y un moño sencillo colgaba desde su nuca.
Tenía una expresión de rara  ternura , desamparo y de orfandad profunda en los ojos.
Sus orejas bien formadas no lucían joya alguna, como antes, solo un pequeño toque de rubor coloreaba sus mejillas, haciendo destacar su hermosa nariz, que no era pequeña, pero le daba personalidad.
Su cuerpo delgadísimo, lo pálido de su piel y su expresión hermética a ratos, le hacían parecer una maniquí  arrancada de algún escaparate de Bond Street.
Una mujer vestida con uniforme de traje gris, la condujo por el largo pasillo central de la sala, cubierto por una alfombra roja, parecida a la de las pasarelas que tanto deslumbró con su figura hecha para la alta costura y que separaba los asientos de la sala, que eran de fina madera tallada siglos atrás.
Alice parecía  flotar en una nube y se dejaba llevar como una niña pequeña.
El público  se paró para aplaudirla, ella sonreía enigmáticamente.
Uno de los gay corrió llorando a besarla. Un guardia lo quitó con violencia, mientras se lo llevaban forcejeaba y gritaba:
_¡Ella es un ángel¡
_¡un ángel¡_
_¡Ella es inocente..es una víctima. Una santa¡
_¡ Por favor sálvenla¡_
El juez golpeó con su martillo para silenciar el alboroto y los murmullos.
Alice se sentó suavemente frente a una mesa de caoba brillante junto a su abogado defensor, un joven moreno, atractivo, que se paró solícito a saludarla y ayudarla a sentarse.
 La observaba con gran ternura  y respeto. 
Ordenaba con mano firme unos expedientes que había sobre la mesa.
Liam Gallagher que así se llamaba, la conocía hace un tiempo, desde que la vio en un viaje y modelando en  una pasarela en París, acompañado de su madre, una aristócrata inglesa , que gastaba su fortuna en  trajes y Tours, aburrida de su casta viudez y falta de nietos.  Hecho que su
 soltero hijo de 36 años no le quería prodigar.
Liam  estaba muy interesado en Alice y detestaba a Tony, quien había estafado a un honesto cliente suyo.
Nunca le pudo probar nada; porque Tony compró el silencio de los testigos con  terror y dinero.
El abogado Morrison, el fiscal acusador, era pequeño, obeso, calvo , de nariz razonable, de grandes anteojos y ojos marrones  , labios gruesos , de  voz estridente y fuerte. 
Miró burlonamente a la joven y exclamó parsimoniosamente, luego de presentar sus respetos al juez y al jurado:
_¡ Tenemos  hoy aquí, a una joven modelo, de aspecto frágil y triste¡_
_¡Pero por favor. Suplico que su aspecto no los engañe¡_
_¡Porque  Señores del Jurado…tras esa carita de ángel existe un demonio: una homicida que mató a un hombre joven, en la plenitud de su vida¡_
Un gran revuelo y gritos de negación y abucheo se sintió en la sala, mientras Morrison proseguía:
_¡Un hombre joven, afectuoso, bondadoso que protegía un Hogar de Ancianos, que hoy sin él quedará desprotegido, entregados a su suerte: comple..ta..men..te.. abandonados¡_
_¡Me pregunto e insto a Ustedes a preguntarse: por culpa de quién?...
_¡QUIÉN SEÑORES ??.
Unas mujeres ancianas del público bien instruidas, por Morrison, gritaban:
_¡Asesina, asesina mataste a nuestro protector¡_
Liam exclamaba de pié : Objeción Sr
Juez, el abogado defensor con esta estrategia incrimina a mi defendida sin prueba alguna.
El juez golpeaba la mesa enojado haciéndolas callar.
Continuó Morrison:
 _¡Esta mujer de 24 años, es una mujer fría y calculadora..no le importó dañar a otra mujer joven y dejarla viuda, sumida en la soledad y la desolación , truncando un amor y una futura familia¡_
Al oír este discurso la viuda que hasta ese momento sonreía y coqueteaba con el político que la acompañaba, dio un profundo y sonoro suspiro, refugiándose en medio de lágrimas, secándose con un fino pañuelito y abrazando al hombre.
_¡No se engañen señores y señoras¡_
Alice lo miraba  con dulzura y movía la cabeza a los lados, a la izquierda y después a la derecha susurrando algo que no se entendía, como si sobre sus hombros hubiese alguien posado.
Morrison hablaba y hablaba una y otra vez.
Para reafirmar lo del Hogar de ancianos, llevó como testigo a su director,  un vejete senil, luego a una de las ancianas, pero esta sufría de amnesia y sus palabras provocaban risa en el público, así que el juez molesto llamó a otra  que  desesperada levantaba su mano, y  que dejó consternado al jurado, al decir que era la madre de Tony y llevaba una perrita chiguagua en brazos.
Muy preocupado Morrison intentó no dejarla hablar, pero la mujer se impuso y luego de poner su mano sobre la biblia exclamó:
_¡Como juré decir la verdad y nada más que la verdad, diré que Tony era un infame, ya que me obligó por años compartir este Hogar de Ancianos, con personas gruñonas, decrépitas, mientras yo estaba lúcida y deseaba viajar. 
Además era un egoísta, mentiroso y  mal hijo¡_
Ante la mirada de Morrison ella exclamó:
_¡Perdone Sr. Morrison pero no debo mentir¡_
_ ¡Basta Señora¡ _gritó Morrison alarmado
_¡Ud. es una malagradecida con Tony¡_
_¿Por qué?_ Contestó ella
_¡Yo era su madre¡_
_¡Lo conocía mejor que todos…Él pudo ser mejor, se portó mal, hasta me amenazó de enviarme al manicomio si decía la verdad.  
_La única vez que se mostró generoso, fue cuando vino con Alice y ella descubrió que yo era su madre¡_
_¡Sra. White vaya a sentarse inmediatamente¡ _gesticulaba enfurecido Morrison.
_¿Por qué Sr. Morrison?_ exclamó mordaz Liam y preguntó:
_¿Sra. White Usted quiere a la Srta. Alice Müller?_
_¡Si señor: yo la adoro¡_
_¡Ella era  maravillosa conmigo y con todo el mundo¡ 
_ A mí me visitaba siempre que podía, me llamaba, me escribía y me regaló a mi Sussy ( besaba a su perrita en la cabeza y arreglaba su ajuar rosado)
_ También ella me regaló un hermoso reloj que puse en la cabecera de mi cama con unos ángeles que dan la hora _
_¡ Ella siempre me decía que me darían protección¡_
_¿Sra. White Ud. Cree que Tony era malo con Alice¡_
_¡Si¡_ exclamó categórica la testigo. 
_Él , era un canalla , arruinó su carrera de modelo, hizo que mucha gente importante le cerrara sus puertas y además la golpeaba.
 Creo que hizo muy bien en “dormirlo". Como muchos lo deseábamos¡…
_¡Gracias Sra. White¡ Puede volver a su siento dijo Liam.
Un murmullo grande se escuchó en la sala como una gran ola.
Enseguida el juez ordenó:
_¡Qué pase la acusada a declarar¡ 
Se escucharon  aplausos y unos vivas por ella, que el juez ignoró.
Alice se paró delicadamente con su rostro de maniquí viviente  entristecido.
Extendió ambos brazos y subió al estrado como si de cada una de sus manos  prendieran o fueran dos niños invisibles  a los que le hablaba con cariño.
Juró con  su mano blanca y exangüe , posándola suavemente en el Libro y observó con dulzura y paciencia al abogado acusador, como  manifestaba su odiosidad hacia ella, tratándola de lo peor y cruelmente.
Cuando éste ya acalorado, agotado de mal hablar de ella , secó con un pañuelo blanco , la transpiración de su frente y  extenuado se derrumbó en la silla; se escuchó la voz almibarada de Alice:
_Sr. Morrison, lo perdono de todo corazón por sus palabras, ya que usted es un alma perdida que se irá al infierno, puesto que usted es un hombre solo que todavía no tiene un ángel de la guarda que lo cuide y  aconseje como a mí. 
_Yo tengo la bendición y la suerte de tener a Gabriel y Michael que son maravillosos y siempre me acompañan_
Nuevamente un murmullo  en la sala y luego el desconcierto al quedar atónitos ante el vuelco de la situación y las palabras de Alice.
_¡Aquí a mi derecha está Michael, es amable y generoso con todo el mundo y siempre lo comprende todo¡-
_¡Michael saluda a estas personas querido¡_
_¡Perdónelo él es muy tímido¡ - exclamó con ternura.
_¡Y aquí a mi izquierda está Gabriel¡_ 
Sonrió al decir:
_  Él a veces es un poco gruñón; pero es muy bueno!. _Me ayuda a tomar decisiones cuando me enojo con la gente!
_¡Saluda Gabriel¡_
Exclamó dirigiéndose a la sala y al ángel imaginario:
_Ven ustedes??? _
_ Él es siempre tan alegre y simpático, ven a mi lado, deja a mis amigos¡_
El público estaba cada vez más que atónito, anonadado, no podían creer que ella le hablara a personas invisibles.
El juez se quitó los anteojos y los limpiaba con vehemencia tratando de tomar medidas dada la situación.
Morrison movía la cabeza hacia todos lados y gesticulaba palabras no entendibles a la viuda y al político que levantaban los hombros y los brazos.
Liam, habló muy confidencialmente al juez y le pidió permiso para acercarse a Alice  preguntándole dulcemente:
_¡Querida Alice, la tarde que Tony llegó a buscarla  a su Hotel por indicación del anticuario y el relojero creyendo que era amigo suyo,
 _¿Él estaba ebrio?_
_¿Los ángeles le dijeron algo?_
_¡Si¡ _respondió Alice
_ Él estaba ebrio y fue muy grosero!.
_¿Él la golpeó?_
_ ¡ Si! lo hizo¡_
_ ¡Tony me golpeó , porque yo no quería irme con él y luego me lanzó a la muralla ,  entonces Gabriel y Michael se enojaron mucho. 
 Gabriel me ordenó que me parara y  tomara  el candelabro de metal que había sobre la chimenea, pero Michael me indicó que me levantara del suelo lo abrazara, le pidiera disculpas,  y luego lo golpeara.
_¿Alice usted pensó que esos consejos eran buenos?_ preguntó el juez
_¡Por supuesto tío Ji! _ellos son mis ángeles de la guarda!_
_¿No recuerdas que cuando tía  Betty estaba con nosotros me los enseñó y regaló?_
_¿Srta. Alice entonces cómo ocurrió?_ dijo Liam
_¡ Me paré del suelo y acerqué a Tony, lo besé y acercándome a la chimenea, tomé el candelabro bien firme y lo golpeaba, lo golpeaba, lo golpeaba¡_
_¡Toma niño malo. Toma niño malo¡_ terminó gritando Alice, agitada moviendo sus manos, mientras lágrimas salían de sus ojos.
El abogado defensor pidió permiso al juez para hacer salir de la sala a la acusada, que luego del esfuerzo parecía a punto de desmayar y con el temblor de las manos, derramaba un vaso con agua que había en la mesa  sobre su sobrio  vestido.
Mientras la muchacha se iba  a la enfermería aledaña a la sala de audiencias, acompañada de la celadora, Liam pidió autorización al consternado juez para hacer entrar al Psiquiatra, quién dio varias explicaciones lógicas sobre el carácter de Tony,  la soledad de esa mujer hermosa que enloqueció por culpa del abandono de sus padres, y el trauma que le provocó la muerte de su tía-madre, receptáculo de  ternura, que en su lecho de agonía le manifestó que le dejaría dos ángeles protectores que la cuidarían cuando ella no estuviera, la rigidez del juez, su tristeza.
 En  fin tantas razones poderosas para hacerla enloquecer y el  maltrato y celos enfermizos de Tony.
Al terminar el juicio , Mariela Alexandra, una de las jóvenes fotógrafas que  asistió  y trabajaba para un connotado diario, tomó varias fotos  de Alice, al revelarla, intervino una  de ella,  agregándole a su bello rostro un par de ángeles.
A la mañana siguiente "El Daily  Mirrow", destacó la foto en primer plano con una leyenda breve:
_Alice y sus Ángeles de la Guarda: 
¡Inocente!_
              
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Narrativa: América Comparini Salas
Fotografía: Mariela Ortega Comparini

COMENTÁRIOS:

Diego de la Noche Escritor y(poeta)  SECH
2 de diciembre de 2014, 14:17
Increíble narración en la aparecen los perfiles de tantas personas que uno ve en el mundo. Caras hipócritas, caras mentirosas, farsantes y huecas, muy bien retratadas por la autora, cuya facilidad en el manejo de las palabras se hace notable en este hervidero de personalidades tan dispares. Felicitaciones a la autora. Hermosa fotografía de Mariela Ortega Comparini.

lunes, 26 de julio de 2021

"EL OTRO"_ LUÍS ANTONIO PENAGLIA GUZMÁN _CHILE

EL OTRO
 (Luis Antonio Penaglia Guzmán)

Jaime es mi amigo. Nos         conocimos  hace treinta años, cuando entramos a estudiar     medicina. Entonces, se produjo una recíproca simpatía que pronto  se transformó en una sólida amistad, basada en la lealtad y sinceridad. Él es un tipo transparente, culto, inteligente y bien inspirado, por lo cual  podrá comprenderse fácilmente  la sorpresa e incredulidad que sentí cuando esa noche me confió su terrible secreto. Ignoro el daño que éste infligirá a nuestra amistad. Por ahora tengo que tratar de asimilar y entender lo ocurrido, algo que no será fácil.
 Yo lo había notado un poco raro desde hace tiempo, algo taciturno y distraído. Ingenuamente, lo había atribuido a cansancio, o a algún problema conyugal, pese a saber perfectamente que entre él  y Andrea, su mujer, existía una excelente relación.
Pero será mejor no extenderme en consideraciones y relatarles los hechos tal como él me los confió, para que sean ustedes los que saquen sus propias conclusiones.
Pese a que yo estaba seguro que ya no vendría a nuestra cita de los lunes, Jaime pasó esa noche por mi consulta después del horario de atención. Era una antigua costumbre que teníamos. En esas dos o tres horas de relajada reunión, conversábamos de todo y nos tomábamos uno o dos tragos para regar nuestra amistad. Al verlo entrar, tuve la certeza que tenía un problema, pero no dije nada sabiendo que me lo contaría cuando lo estimara oportuno. Pronto estuvimos hablando de cosas triviales, escudados en una interminable partida de ajedrez, mientras saboreábamos un excelente coñac.
-¿Crees que existe el crimen perfecto? –Dijo de pronto, mirándome a los ojos con una expresión de gravedad que le había visto muy pocas veces.
Le contesté que en realidad nunca me había puesto a pensar demasiado sobre el tema, pero que en principio lo encontraba posible aunque difícil.
  -¿Crees entonces –continuó– que exista la posibilidad de un tiempo que corra paralelo al nuestro?
Realmente me causó una gran extrañeza su segunda pregunta, que además yo veía sin ninguna relación con la primera. Esto   debe  haberse  reflejado  en mi  mirada,  ya  que bajó la suya, dejándola  escurrir entre las piezas del tablero.
 -Te voy a contar algo terrible de mí - dijo con voz apagada y sin alzar la vista – pero absolutamente nadie lo debe saber y esto incluye también a Andrea.
Pensando que tal vez se fuera a referir a alguna equivocación profesional, con daño  para algún paciente, traté de disuadirlo. Pero Jaime no lo permitió, diciendo que lo había pensado mucho, que tenía que decírselo a alguien y que ese no podría ser otro mas que yo.
-¿Recuerdas cuando hace dos meses salimos a comer todo el grupo del hospital? –   Preguntó casi con brusquedad.
-Por supuesto –respondí incómodo, añadiendo luego-. ¡Cómo no voy a recordarlo!... si además te retiraste en la mitad de la comida fingiendo un malestar.
Jaime suspiró profundamente, se arrellanó en el sillón, me pidió que no lo interrumpiera y con una voz tremendamente cansada comenzó su historia así:
-Esa noche  no tenía ganas de ir a la cena. En realidad sólo sentía un fuerte deseo de irme a casa y estar con Andrea, pero como ya me había comprometido con el grupo, decidí que tenía otra alternativa más que asistir. Tal vez ese fue mi error. Recuerdo que mientras conducía en dirección al restaurante iba pensando en la forma más elegante de eludir el compromiso. Sentía una necesidad imperiosa de estar con ella. Era casi una compulsión, algo que no había sentido jamás. Cuando estacioné el automóvil, ustedes, que me estaban esperando en la puerta del local, empezaron a entrar. Tú te quedaste al último y cuando te alcancé me hiciste una broma que no contesté. Venía pensando en decirte que te fueras a la mesa ya que yo debía pasar al baño. Mi idea era que una vez que te hubieras ido, en vez de reunirme al grupo, saldría del restaurante y me iría. Pero…. no lo hice. No te dije nada, no pasé al baño y no me fui del local. Así  llegamos juntos a la mesa. Mientras nos acomodábamos alguien hizo una broma con relación a lo distraído y ausente que yo parecía. La verdad es que yo  había seguido pensando, con lujo de detalles, que si me hubiera metido al baño, en aquel momento ya estaría caminando por la calle en dirección al coche. Me vi claramente abriendo la puerta, poniendo la llave en la chapa de contacto, encendiendo el motor y las luces, bajando el vidrio de la ventanilla y dándole unas monedas al cuidador, luego de lo cual me iba. Después de aquello que experimenté en forma muy real, mientras en verdad me encontraba en el comedor junto al grupo, quedé un poco más tranquilo. Todavía sentía el deseo de irme a casa, pero más atenuado y sin esa rara sensación, casi esquizofrénica, de estar haciéndolo y… simultáneamente quedándome donde estaba.
Aquí mi amigo hizo una breve pausa, suspiró, paseó su mirada por toda la habitación. Quizás pensaba en que aún era tiempo de detenerse. Todavía no llegaba al punto en que ya no hay retorno. Yo estaba en esas conjeturas, cuando me interrumpió su voz que decía:
-Eso era lo que pasaba por mi interior entonces. A ello se debía mi tensión y distracción. Al cabo de una hora y sin terminar de comer, se me ocurrió decir que me sentía muy cansado, que me dolía fuertemente la cabeza y que el día siguiente sería muy pesado, por lo que les rogué que me excusaran y me retiré.
Aquí Jaime hizo otra pausa, bebió un largo sorbo de coñac y fijó en mí su mirada. En ella vi el reflejo de una dramática lucha interior .Hasta aquí yo no veía adónde quería llegar mi amigo. No entendía la necesidad de referirse con tanto detalle a un hecho nimio, ocurrido un par de meses atrás y del cual yo también había sido protagonista. Lo único claro era la obsesión de un tipo por ver de inmediato a su esposa, lo que me hizo pensar que detrás de ello había algún sentimiento de culpa. Quizás una infidelidad o la posibilidad de ella. Estaba explicándole  aquello, cuando me interrumpió diciendo:
-¡Olvídate de la psiquiatría, por favor! No tiene nada que ver con esto. Pronto verás que es algo mucho peor... Cuando salí del restaurante no encontré el auto donde lo había estacionado. Interrogué al hombre que cuidaba, quién dijo que poco después que entramos, alguien salió, se metió en él y se fue. Que no recordaba al tipo, que son tantos los vehículos a su cargo, etc. Me fui directo a la policía e hice la denuncia respectiva, después tomé un taxi y me fui a casa.
-Imagínate mi indignación –dijo mientras encendía un cigarrillo– al ver el coche estacionado a la entrada. Fue Andrea, pensé, quien molesta porque comería con ustedes, se dirigió al local y se le ocurrió hacerme una broma pesada. No se me ocurrió otra explicación, a pesar que ésta no encajaba para nada ni con su forma de ser ni con el estilo de nuestras relaciones.
En ese momento observé como la tensión se había apoderado de mi amigo. Su voz vibraba extraña, su rostro estaba demacrado y su mano apretaba con fuerza la copa de cristal.
-Y ahora viene lo increíble –dijo mirando el cenicero, mientras aplastaba el cigarrillo a medio consumir–. Abrí la puerta lentamente y…ahí estaba  Andrea, sentada en el sofá besándose con un hombre que me daba la espalda. Al sentir el ruido de la puerta se soltaron y quedaron mirándome petrificados. Yo, por mi parte, creí que iba a perder el sentido. En cualquier otra circunstancia habría sabido que hacer, es decir: agredir al tipo hasta matarlo o retirarme dignamente de la escena y no volver jamás.
-Pero dime –dijo, mirándome suplicante-. ¿Qué haces cuando el hombre que está con tu esposa eres tú mismo?
Yo asombrado quise interrumpirlo para que me aclarara que quería decir, pero parecía no oírme y siguió como en un monólogo:
 -Sí, el otro que estaba ahí era idéntico, absolutamente idéntico a mí hasta el último detalle de su cuerpo y de su vestimenta. Su mirada, su tono de voz, todo, todo era igual. ¡Sencillamente era yo!..
  -Pasada la sorpresa inicial –continuó Jaime, sin esperar a que pasase la que yo estaba sintiendo-  intenté pedirle explicaciones, pero él me paró en seco, diciendo que era yo quién debía aclarar que pretendía al entrar en su casa a esta hora y más encima aparentando ser él.
_ ¡Imagínate, él pidiéndome aclarar la situación!_ Ésto hubiera bastado para haberlo sacado a patadas de ahí, pero no pude, al ver en sus argumentos la misma lógica mía. Seguramente a él le ocurrió algo semejante y eso impidió que nos fuéramos a las manos.
-Andrea era la que menos entendía lo que estaba sucediendo. Había presenciado atónita toda la escena, pero ahora, madre en primer lugar, nos pidió que nos calláramos. Luego subió al segundo piso a verificar si los niños continuaban dormidos. Al volver, dirigiéndose a ambos, dijo que sin importar lo que fuéramos a decidir o a hacer al respecto, los chicos no debían enterarse de nada. Nosotros asentimos y ese fue en verdad el primer acuerdo que llegamos con mi “alter  ego”. -Después, con un pragmatismo muy propio de ella, nos hizo pasar al escritorio, cerró la puerta con llave y pasándonos una hoja de papel a cada uno, nos sometió a una especie de examen: Nombre, fecha del matrimonio y la del nacimiento de nuestros hijos, cuando fue última relación sexual, quién nos regaló la bandeja de plata que está sobre la repisa y otras tantas preguntas por el estilo. Yo además sugerí que estampáramos la firma, pero esto último sin mucha convicción, ya que empezaba a intuir una horrible verdad.
Jaime, a esas alturas de la noche, se veía terriblemente cansado por el esfuerzo doloroso que le provocaba la narración. Yo vertí más licor en las copas, mientras lo oía continuar:
-Por cierto, las dos hojas coincidieron plenamente en todo, y…cuando digo plenamente, quiero que entiendas el término en forma literal. Desde la letra, la redacción e incluso un par de borrones, todo era igual. Después de aquello, los tres quedamos cabizbajos y abatidos por un tiempo que me pareció una eternidad. Sin duda, en ese momento, era Andrea la más apesadumbrada, ya que de seguro había creído que la prueba ideada mostraría claramente cuál era su marido legítimo y quién el impostor. Debido al fracaso, probablemente su mente estaba tratando de entender esa realidad mucho más compleja de lo que hasta entonces había supuesto. De pronto, mientras todos estábamos silenciosos, recordé la denuncia del robo del auto y mientras tomaba el teléfono exclamé: “¡Hay que llamar a la policía!".
Me refirió que su actitud había provocado un gran sobresalto en los demás, pero cuando él les contó lo de su denuncia por el supuesto robo del vehículo, se produjo un ambiente de mayor relajación.
-Después de decirle a la policía que el auto había aparecido –continuó–, empezó entre él y yo un mutuo interrogatorio que terminó centrado en el último día, el que fue analizado minuto a minuto, con prolijidad de cirujano. Todos nuestros recuerdos, hasta el detalle más insignificante, eran totalmente concordantes. Tanto los hechos, como las impresiones subjetivas que estos nos habían provocado, eran también idénticos…La lucha entre el fortísimo deseo de  ver a Andrea en contra del compromiso adquirido con los colegas, había suscitado el mismo conflicto en ambos. El viaje  desde el hospital al restaurante, incluyendo la música y hasta los anuncios escuchados en la radio del coche, eran recordados de igual manera por los dos.
 -Donde empezó la diferencia –continuó Jaime, después de una pausa para beber un sorbo de licor-, fue cuando entré o mejor dicho entramos tú y yo al local. Él recordaba que después de una broma que le hiciste, pidiéndote que te adelantaras, pasó al baño, luego de lo cual salió y se dirigió al auto con una sensación de vergüenza por haberlos dejado. Contó que mientras caminaba al coche, se imaginaba claramente al grupo instalándose alrededor de la mesa, incluido él, conversando trivialidades antes de ordenar. Mientras subía al auto se veía a sí mismo distraído en medio de los demás. Luego encendió el motor y las luces, bajó la ventanilla para darle una propina al cuidador y partió a casa.
 -El resto puedes imaginártelo, –dijo mi amigo dirigiéndome una mirada que era la personificación de la tristeza. – llegó a casa donde estaba Andrea, la que se mostró feliz y sorprendida porque esperaba que lo haría más tarde. Luego cenaron, se tomaron un trago y se pusieron a pasar un rato tranquilo y romántico, pero…aparecí yo.
Se produjo un pesado silencio, que yo empleé en tratar de ordenar en mi mente lo que acababa de oír. Me era difícil asimilar lo escuchado. Si se tratara de cualquier otro, hace rato que lo hubiera considerado un loco o lo hubiera despedido pensando que era un embustero. Pero era Jaime, mi amigo, de cuyo criterio y honestidad no podría dudar jamás. Después de algunos instantes, sin haber aclarado nada, dije: 
-Te das cuenta que eso significa que ese día, en algún momento, te desdoblaste, sufriste una especie de clonación espontánea y seguiste,  simultáneamente  dos cursos de acción posibles.
-Efectivamente –asintió él –,  pero no fue en “algún momento”, como acabas de decir, sino en uno muy preciso, cuando iba entrando contigo al local. Fue justo en ese instante que ocurrió la duplicación. Por una parte caminé junto a ti hacia la mesa y por otra me fui al baño para después salir del local. Y aunque la dualidad comenzó físicamente en ese momento, en verdad fue un proceso, algo comparable a un parto, ya que nuestras mentes estuvieron todavía unidas por un invisible cordón umbilical. Por eso, durante algunos minutos ambos estuvimos sintiendo, junto a las propias vivencias, también las del otro, hasta que se rompió definitivamente la unión y fuimos plenamente independientes. 
Sentí una rara sensación. Por segunda vez en el relato, Jaime recalcaba que todo había comenzado cuando entraba junto a mí.
-¿Estará culpándome en forma velada? –Me dije.
Sentí el impulso de preguntárselo, pero no lo hice. Para qué. Tal vez sólo fueran cosas mías. En cambio, mientras jugueteaba en forma nerviosa, con la dama del ajedrez entre mis dedos,  dije:
-Pero eso es terrible. No sólo para ustedes, sino para todo el mundo ya que, por una parte, cambia todas las concepciones que uno tenga del universo, del espacio y del tiempo; y, por  otra, está latente la posibilidad que a cualquiera le pase lo mismo que a ti.
-En teoría es cierto lo que planteas –dijo  calmadamente–, pero en la práctica no creo que sea como para que todos se alarmen. Debe ser una rareza cósmica, de muy escasa ocurrencia y que por lo mismo no debiera ser considerada como un problema para la humanidad.
Verdaderamente me asombró la poca importancia que Jaime le asignaba al asunto como fenómeno concerniente a todos, sobre todo porque dicho planteamiento provenía de una mente tremendamente analítica como la suya. Se me ocurrió que  detrás de ese raciocinio, se escondía más bien el deseo de no despertar curiosidad sobre el tema, para no involucrar a más personas. Pero, por ahora, pensé que era mejor dejar de lado los aspectos teóricos del caso y abocarse a los efectos concretos del problema. Así se lo manifesté.
 -Es cierto –asintió él–, a eso voy. Ya te conté que después de un largo análisis, como a las dos horas, concluimos que ambos éramos auténticos. Que habíamos sufrido un fenómeno inentendible y espantoso. Establecido esto, quedaba por resolver la parte práctica. Rápidamente decidimos  que el secreto debía quedarse entre los tres. Respecto al trabajo acordamos  que íbamos  a instalar esa consulta en el suburbio, de la cual yo te había hablado y que hasta  ese día tenía casi decidido no abrir, por no quedarme tiempo disponible. ¿Recuerdas?
 Asentí con la cabeza y le dije que, por lo mismo, me había asombrado bastante cuando en el hospital me había comunicado  que iniciaría la nueva consulta a la brevedad.
-¡Yo no te comuniqué nada! –dijo él con fastidio–. Fue el  otro. Yo no te he visto desde hace dos meses. Exactamente desde la noche fatal.
La reina, que aún tenía entre mis dedos, cayó estrepitosamente sobre el tablero, volcando de paso dos o tres piezas más. Sentía mi cabeza como en un torbellino. Jaime había dicho que no me veía desde hace dos meses. ¿Y quién era entonces ese con el que yo compartía día a día en el hospital? …¿Con quién estuve  el lunes pasado y el anterior, en este mismo sitio, jugando ajedrez, recordando viejas anécdotas estudiantiles y comentando la situación internacional? …
La voz de mi amigo, totalmente indiferente al pequeño cataclismo producido en el tablero y a la confusión que me había paralizado, me sacó del estupor. Pareciera que finalmente quería terminar de desahogarse y decirlo todo. Me estaba contando que rápidamente decidieron abrir la segunda consulta, la que estaría a su cargo, en tanto que “el otro” seguiría en el hospital y en la oficina del centro, que los dineros los repartirían en forma equitativa y que, además habían fijado un cuidadoso plan de desplazamientos para no encontrarse nunca ambos frente a terceros. Continuó con una larga serie de detalles, todos muy sensatos, pero que estimo innecesario enumerar. Lo único que me chocó fue que en este convenio, “el otro” se quedó viviendo en la casa con los niños y la mujer. Ignoro como llegaron a este acuerdo, pero me parece que se debió, nada más,  al hecho de que “éste” había llegado esa noche un poco antes al hogar.
-Lo último no me parece justo para ti – dije en tono enérgico.
-¿Y crees que la situación misma lo era? –Respondió, añadiendo-. ¿Hubiera sido más justo que yo me quedara y él se fuera? ¿O que nos hubiésemos turnado para acostarnos con Andrea?
Después de esas preguntas suyas, que no requerían respuesta de mi parte, continuó su relato diciéndome que él partió esa misma noche a un hotel, mientras encontraba donde instalarse en forma definitiva; pero antes acordaron un sistema expedito de comunicaciones, como también una forma en que él pudiera ver a los niños sin que estos notaran la dualidad paterna.
En una semana fue abierto el consultorio nuevo, al que dedicó casi todo su tiempo. También alquiló y se mudó a un departamento cercano. Todo empezó a funcionar tan bien como se planeó. Es decir, si en estas circunstancias se puede emplear la palabra “bien", ya que Jaime se encontró a los cuarenta y ocho años, desarraigado y sin mujer e hijos.
-La cosa funcionó bien poco más de un mes y medio -dijo él–, hasta que una noche, en que me encontraba meditando, se me ocurrió que si él moría, yo podría regresar a mi vida normal. De ahí a planear su muerte no hubo más que un paso. Estuve pensando muchos días en el asunto y te juro que lo hubiera descartado completamente si no hubiera sido porque, de pronto, me di cuenta que por ser nuestras mentes completamente iguales, a él, tarde o temprano, también se le iba a ocurrir lo mismo. Por lo tanto ahora se trataba sencillamente de él o yo. Posiblemente por ser el más perjudicado le llevaba un poco de delantera, pero sería por poco. Esto me decidió a hacerlo.
-Adquirí un revólver en forma clandestina –continuó él con asombrosa frialdad– y lo cité, con el pretexto de un imprevisto, a la consulta nueva, la noche del viernes pasado. Llegó puntual. Yo tenía pensado conversar un rato con él. Explicarle que sentía terriblemente lo que iba a hacer, mal que mal, él era también yo. Pero al verlo, tal vez advirtiendo en forma inconsciente algún gesto suyo, se me ocurrió que mi ventaja no era tanta y que él también había estado esperando la oportunidad para matarme…
Aquí Jaime hizo un alto, clavó la vista en el suelo, como si estuviera inspeccionando sus zapatos y con voz temblorosa y débil, dijo:
-No me equivoqué. Alcancé a disparar sólo una fracción de segundo antes que él…
Yo estaba atónito. Abrigaba la absurda esperanza que en algún momento mi amigo, lanzando una carcajada, dijera que todo era una broma, o que despertara en mi cama y aquello no fuese más que una tonta pesadilla. Pero nada de eso ocurrió. En cambio oí la voz de Jaime que decía:
-A continuación llamé por teléfono a Andrea y le dije que se había presentado una emergencia, por lo que llegaría tarde. Después puse el cadáver en el portamaletas del auto, salí de la ciudad y lo enterré junto a las dos armas, que dicho de paso eran idénticas. Creo que será muy difícil que lo encuentren y si llegan a hacerlo, no podrán relacionarlo con nadie, pues el muerto está vivo…soy yo.
-En la madrugada volví a casa –siguió él – y pude por fin abrazar a mi mujer, quién, como es de suponer, ignora esta parte de la historia. Más adelante tendré que inventar algo al respecto. Se me ocurre que podría decirle que “el  otro” o sea yo, no pudo  aceptar la situación y que en un gesto de hidalguía se fue del país. ¿No  crees que sea una idea excelente?
Yo no contesté la pregunta de mi amigo. Un torbellino de sensaciones bullía, como un enjambre de abejas enloquecidas, en mi cabeza. Por una parte, pensaba en el golpe demoledor que éste había recibido. Por otro lado me alegraba que él hubiera resuelto la situación, aunque también pensaba que por el hecho de haber sido mediante un homicidio, de un modo impreciso, iba a afectar seriamente  nuestra amistad.
Todos estos embriones de pensamientos hicieron que durante algún rato yo permaneciera cabizbajo y silencioso. El percibir que mi amigo se ponía de pie diciendo que debía retirarse por lo avanzado de la hora, me volvió a la realidad.
Jaime se fue aliviado. Era completamente distinto al que había entrado sólo tres horas atrás. Lucía optimista y lleno de planes. Tal vez haya sido por eso, por simple cobardía, porque quizás no lo consideré tan importante, o porque sencillamente lo olvidé, que no fui capaz de decirle entonces lo que cuando llegó callé por cortesía y que luego, por lo dramático de la conversación, no pude decir. Unos quince minutos antes de su llegada, “él” me había telefoneado para avisarme que no vendría, pues deseaba ir pronto a casa...



                                         F I N

jueves, 13 de mayo de 2021

"Al AMANECER'. _ FRANS GRIS _ CHILE

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Al amanecer

 

Al amanecer el quinceavo día, el navío se hizo a la mar… las velas, blancas y muy combados por el viento norte, semejaron mariposas en vuelo contra los farallones de oro y cobre de las islas perdidas del Mar Antiguo.

   El casco, las vestiduras y los bruñidos remaches de las botas del guerrero reflejan la cadencia de la boga. Y alguna que otra ave de esas que siguen a los barcos por los misterios que encierra de cada uno de los mares.

Por sobre la arboladura, flota una cabeza dorada de caballo. Es el estandarte que lo guía para ir en rescate de su amada…  (Claro que más que un rescate el asunto parece un secuestro…ella no sabe nada de este extraordinario suceso). Va en busca de aquella que, hace algunos años por obra y gracia de un mal viento que le arrancó de su ruta, lo sedujera con canciones y palabras… y algo de rock de ese muy pesado que en el puerto de Kalous se interpreta a escondidas del tirano.

Va tras la bella, la divina a la que desposara bajo la luna, en el último día del mes de las uvas dulces. Esa que fuera su secreta amante, aquella hija de un dios desconocido y de la reina de las mareas.

 

El vendaval lo golpea en la cara, en los brazos, en las piernas, y lo deja correr.  Ahora solo busca un resguardo, o un puerto donde descansar, pues ya no tiene reposo sin ella.

Ni amaneceres ni nada, solo su memoria lo mantiene vivo y en pie  y no hay algo en este mundo, o en el otro, que le permita reposar mientras no la encuentre.

 

“Y va cara a la oscuridad por la carretera que  va al sur buscando…

   Por el centro de la autopista viaja como un atronador centauro delirante y absurdo.

No son ni cien  metros los que lo separan del camión que lo antecede  y al que debe rebasar por el lado izquierdo del camino.

La larga sombra que va adelante se abre, señalizando, hacia el centro de la calle y luego ocupa todo el espacio de rodaje.

 Y al no poder adelantar por el carril izquierdo, con un golpe de caderas, lleva su moto por el estrecho paso que deja un muro de alambre y pasto y las enormes ruedas del carguero.

No conoce esa zona del camino, y no se imagina que más adelante hay una curva y luego el puente…”

 

Hace siglos que gira y gira en torno a un espejismo que le ha dicho que por siempre lo amará, pero la luna no es más que una sombra de luz que cuelga de un cielo negro.  Al amanecer las velas semejan mariposas en vuelo sereno contra los acantilados de las islas.

   El casco y la armadura reflejan el ritmo de la boga. Lo guía el viejo mapa de las islas que le dibujaron en los muros subterráneos del gran circo de Roma con La última sangre de ese enorme tracio que muriera tiempo después en la vía Appia, crucificado por no aceptar que era un esclavo.

 

Ya en la Tierra de los Gigantes, Polifemo, con su único ojo rojo, y su ulular de miedo, se acerca, al galope,  por el centro de la isla. (Se niega a ser encerrado en la cueva de los carneros).

A gritos y golpes de espada logra evadirse mientras las sirenas, apoyadas en el barandal del puente cantan la vieja canción de un Pueblo Mágico que está detrás del mar

El viejo y carcomido casco, bajo el puente y a la luz del sol poniente, flamea y las velas flácidas semejan alas de mariposas ardientes.

 

De espaldas, en cubierta, intenta respirar mientras uno de los dioses con una lanza de fuego le abre el pecho para descubrir una destellante luciérnaga.

 Hace siglos y siglos que gira en un mundo extraño, doloroso, turbio; y flota entre palabras extraordinarias y olores semejantes a los de un quirófano. Le sube desde las piernas, por debajo de la armadura, un suave sueño de adormideras y largas  raíces de loto.

 

Y mientras por sus venas, gota a gota, fluye un manantial de fuerza, su lengua reseca clama por el viejo vino de su Isla

Allá arriba, mientras amanece el día dieciséis, el sol  en vuelo rasante arranca destellos, desde los acantilados de las islas del Mar de los Misterios, a un caballo dorado.

 

 

 

Frans Gris

Enero 2014.-

 

 

 

 


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Fredy R. Guzmán O. (Frans Gris)






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martes, 30 de marzo de 2021

ALIENÍGENAS INTRUSOS_DIEGO MUÑOZ VALENZUELA _ CHILE



 




Alienígenas intrusos

Vasili es un viejo amigo cosmonauta que me visita de vez en cuando y trae obsequios de planetas recónditos. Siempre tengo una botella de vodka reservada para atenderlo: cuenta sus últimas aventuras, bebe como cosaco y al final –cuando está borracho como cuba- me entrega el regalo, cuya naturaleza nunca es anunciada.

La semana pasada repitió su rutina y me dejó un pez plano alienígena. Estaba dentro de un cubo de cristal ambarino al que estaban adosados una serie de minúsculos aparatos. Vasili se fue tambaleando y me dejó la criatura. Era de color verde oscuro y piel de apariencia suave. De pronto, tras un largo periodo de inmovilidad, abrió unos grandes ojos esmeralda, preciosos, muy humanos. Me miró con ellos de manera seductora; hizo un guiño coqueto.

Realizó un rápido movimiento y la tapa del cubo –que creí hermética- se levantó. Mi casa se inundó con un perfume embriagador. Aquella cosa saltó sobre mí sin previo aviso, distendiéndose para envolverme en un abrazo total y exquisito. Vino un periodo de placer intenso, mayor a cualquiera experimentado hasta entonces. Cuando desperté, la criatura estaba de nuevo en su cubo, aparentemente sumida en un profundo sopor.

Ahora la contemplo con arrobación. Espero con inquietud que despierte. Estoy perdidamente enamorado. Vaya líos que me acarrea Vasili.

BIOGRAFIA DE DIEGO MUÑOZ

VALENZUELA

 (Constitución, 1956)

 Ha publicado catorce libros de cuentos y microcuentos seis novelas. Cultor de la ciencia ficción y del microrrelato.

 Ha abordado en profundidad el periodo de dictadura militar. Libros suyos han sido publicados en Chile, España, Croacia, Italia, Argentina, Perú y China. Cuentos traducidos a diez idiomas.

 Premio Mejores Obras Literarias 1994, 1996.

 


martes, 4 de agosto de 2015

EL SEH-E-LEN - MÓNICA GÓMEZ - CHILE



EL  SEH - E - LEN
                                 por Mónica Gómez


Se comenta que a diferencia del feto que anida sólo en mujeres embarazadas, el Seh -e- len mora en todos lo seres humanos y que se desarrolla más vigoroso en huérfanos y dementes.

Gelatinoso, tiene la virtud de empequeñecer o expandirse a voluntad, en su hábitat dentro del lóbulo izquierdo, cerca de la parte superior de la oreja, la que a veces cosquillea desde su interior produciendo un escalofrío, que  recorre la nuca hasta el cuello  y que suele confundirse con una sensación de gran tristeza parecida a la melancolía.

El Seh-e-len tiene mil tentáculos con afiladas puntas, que se adhieren sólidamente, hasta a veces dañar los músculos de las paredes del lóbulo. No duerme jamás y por la noche se aferra con más fuerza y se tranquiliza únicamente si el ser que habita, sueña.

Cuando las mujeres se preñan, sus Seh-e-lenes caen en un sopor cataléptico del que no despiertan hasta el momento del alumbramiento, el instante mismo cuando se corta el cordón umbilical entre la madre y el niño.

La mayoría de la gente niega la existencia de este ser, aunque varios investigadores han manifestado (en algunas publicaciones universitarias), una que otra vaga alusión al respecto, las que



se refieren a la soledad interna como el ambiente idóneo para el desarrollo del Seh-e-len.

En cambio dos o tres neurocirujanos de cierto prestigio, dicen que no es posible calificar de entes vivos a una materia de color ámbar encontrada a veces en el interior del área izquierda de la masa encefálica, sin dar mayor explicación científica a las múltiples formaciones calcáreas móviles, semejantes a pequeñísimas uñas, que la rodea.


Al parecer, quienes más se han preocupado por dar respuesta a la autenticidad o no del Seh-e-len, son lo lamas del Monasterio Bool en el Tíbet, los que han extraído, mediante delicadas técnicas de autosugestión, algunos ejemplares vivos en mujeres albinas  y niños mongólicos, los que conservan en gigantescas cámaras de silencio, aisladas de todo estímulo, uno en cada una, separadas por una distancia de cinco kilómetros y bajo una temperatura ambiental de menos 80º C.

La opinión oriental es quizás la que da más luces sobre el asunto (probablemente porque es la única técnica experimental que ha aislado a lo seres en estado puro, fuera de su lugar habitual) y concluye que el Seh-e-len es la soledad misma, ese vacío inexplicable que acompaña al ser humano desde su nacimiento y durante toda su vida. Y aconseja que si alguien desea hacerlo desaparecer para siempre, debe -a través de una tan selectiva como ardua búsqueda- encontrarle la  pareja.


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lunes, 9 de junio de 2014

EL TIEMPO EN LA BOTELLA -BENEDICTO CERDA-CHILE





EL TIEMPO EN LA BOTELLA


Aquí está la cosa que arde, es por eso que escribo estas líneas finales. Pondré el mensaje en el interior de una botella y la lanzo al mar. No sé qué va a suceder y tal vez no tenga sentido, Hegel prometía la inmortalidad, después de lo que estoy viendo no sé si creerle. La gente no escucha, poseídos por el demonio de la inmediatez, algo difícil de entender; siempre conectados al celular y el ordenador. En la Tierra las guerras son interminables, el hombre a lo largo de la historia ha sabido muy poco de paz, aunque ahora, con el tipo de armamento que tienen, es imposible la sobrevivencia de la especie humana y el asunto no irá para largo. Yo mismo, hace cinco años, decidí salir arrancando de la gran ciudad, estaba cansado que me oprimieran en los buses. Así fue como alquilé el piso que tenía para juntar unos duros, cerré la cuenta corriente, cancelé los seguros de vida, vendí el automóvil comprado a diez años plazo, anulé las tarjetas de crédito Premium, del súper mercado, mi convenio Muera Feliz del Parque del Reposo, las cuotas de Escritores Ajenos al Mercado y, el contrato con Pronto Emergencia, Lo Queremos. Estaba hastiado de tantos beneficios. Puse las cosas más importantes en mi bolso deportivo Nike y partí sin rumbo determinado. Llevaba también mi máquina de afeitar Schick, pasta dentífrica Pepsodent, colonia After Shave de Acqua di Parma, Desodorante Always Ready, veinticinco cajas de Paracetamol, bronceador Charlotte Island, hilo dental Kolynos, una almohada pequeña para evitar el dolor del cuello, pañuelos humectantes Frescura Infinita, 10 cajas de antialérgicos Loratadina, un par de tijeras stainless steel, papel toilette en color, un mapa.

Llegué a vivir a un modesto pueblo del norte de Chile, Vicuña. Donde la temperatura de veintitrés grados Celsius hace temblar de frío a sus habitantes. Aquí la gente conversa,  aunque a veces estas charlas se hacen interminables, hasta se puede dormir una siesta en medio. Nada de apuros, pisotones, exabruptos. Había encontrado la felicidad, hasta que llegó el verano en pleno. Apareció gente de todas partes; gringos, en especial, que deseaban terminar con las prisas y mirar el sol al amanecer, la luna jugar a las escondidas entre montes milenarios. Aunque los turistas hacen cosas extrañas, a veces, por ejemplo, arrojan piedras esféricas hacia el cerro y se quedan esperando que la inercia las devuelva hasta sus manos. Después quedan hipnotizados mirando los guijarros por mucho tiempo, al final, los besan como si tuvieran vida propia y fuesen amantes extraviadas. Otras veces se van al cerro por horas y vuelven al anochecer. Los ojos les brillan y están ausentes si uno les llama. Nunca he entendido bien estas cosas y me pregunto: ¿cuál es la idea? Intuyo que viene una gran guerra y será la última, por eso decidí escribir esta carta. En Vicuña se está acabando el agua. Las cabritas parten hacia el cerro de madrugada y vuelven tristes, flacas y sedientas. Los perros duermen todo el día y apenas ladran. No hay agua, ese es el dilema. Dicen que las mineras se están llevando el líquido sagrado del embalse. Hay que buscar más oro, entiendo,  pero, después de todo, ¿qué ganamos con tanto oro si vamos a perder la vida igual que Atahualpa? Las plantaciones languidecen, a los hombres se les seca la piel. Yo quería tocar las estrellas, pero me deprimo al ver lo que está sucediendo. Hay vientos de guerra. De todas maneras, si alguien encuentra esta botella quiero decirles que no olviden la solidaridad, los perros, las cabritas, los cerditos, los sauces, una flor. Mi abuela decía: “Caridad, hijito, nunca la olvides, los hombres la necesitan. Un aliento, una mano”. Caridad, repito yo, tal vez haya una salida, aunque no estemos para festejar; allá diviso un tordo, un trigal.
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BENEDICTO CERDA : Escritor chileno autor de los libros de cuentos: 
EL BOMBERO ; AFORTUNADO Y OTROS CUENTOS; EL TARRO CON PIEDRAS
En poesía y antipoesía, ALHUÉ, POEMAS Y ANTIPOEMAS; MIEL EN LA BOCA Y BRASAS EN EL VIENTRE.
   
En novela, CORAZÓN NARCO; CUANDO VUELVAN LOS FLAMENCOS. En la actualidad trabaja en una nueva novela, que llevará por nombre, SUPERMERCADO DE ALMAS. 

lunes, 26 de mayo de 2014

GANAS DE DORMIR _ ANTON CHÉJOV - RUSIA






GANAS DE DORMIR
Anton Chéjov (Rusia, 1860-1904)

Es de noche. La niñera Varka, una muchacha de unos trece años, mece la cuna en la que está acostado el niño y canturrea con voz apenas audible:
Duérmete, niño,
al son de la nana…
Ante el icono arde una lamparilla verde; una cuerda, de la que cuelgan pañales y unos grandes pantalones negros, se extiende de un extremo al otro de la habitación. La lamparilla dibuja en el techo una gran mancha verde, mientras los pañales y los pantalones proyectan largas sombras sobre la estufa, la cuna y Varka. Cuando la lamparilla empieza a parpadear, la mancha y las sombras se animan y se ponen en movimiento, como azuzadas por el viento. El ambiente es sofocante. Huele a sopa de repollo y a material de zapatería.
El niño llora. Hace ya un buen rato que se ha quedado ronco y agotado de tanto llorar, pero sigue chillando y no hay manera de saber cuándo se calmará. Y Varka tiene sueño. Los ojos se le cierran, la cabeza se le dobla, el cuello le duele. No puede mover los párpados ni los labios y tiene la impresión de que su rostro está seco y rígido, de que su cabeza se ha vuelto tan pequeña como la de un alfiler.
-Duérmete, niño -canturrea-, y te prepararé la papilla…
En la estufa canta el grillo. En la habitación contigua, al otro lado de la puerta, roncan el dueño y el aprendiz Afanasi… La cuna emite quejumbrosos chirridos, Varka canturrea y todo se funde en esa música nocturna y adormecedora tan grata de oír cuando se va uno a la cama. Pero en ese momento esa música sólo consigue irritar y enfadar a la muchacha, porque la adormece y ella no debe dormirse; si Varka se quedara dormida, Dios no lo quiera, los dueños la azotarían.
La lamparilla parpadea. La mancha verde y las sombras se ponen en movimiento, se insinúan en los ojos entornados e inmóviles de Varka y se transforman, en su cerebro medio dormido, en nebulosas ensoñaciones. Ve nubes oscuras que se persiguen en el cielo y gritan como el niño. Pero, de pronto, se levanta una ráfaga de viento, las nubes desaparecen y Varka ve una ancha carretera, cubierta de barro líquido, por la que avanzan carros, se arrastran hombres con alforjas al hombro y se desplazan sombras arriba y abajo; a ambos lados, a través de la fría y sombría niebla, se divisan bosques. De pronto, los hombres de las alforjas y las sombras se desploman en el barro líquido.
-¿Por qué hacéis eso? -les pregunta Varka.
-¡Para dormir! -le responden.
Y un sueño profundo y dulce se apodera de ellos, mientras los grajos y las urracas posados en el hilo del telégrafo gritan como el niño y tratan de despertarlos.
-Duérmete, niño, al son de la nana… -canturrea Varka, viéndose ahora en una isba oscura y sofocante.
En el suelo se revuelve su difunto padre Yefim Stepánov. Ella no lo ve, pero oye cómo se retuerce de dolor y gime. Como dice él, “la hernia está haciendo de las suyas”. El dolor es tan intenso que no puede pronunciar palabra y sólo es capaz de aspirar grandes bocanadas de aire y de rechinar los dientes en una especie de redoble de tambor.
-Bu-bu-bu…
Su madre, Pelagueia, ha ido corriendo a la hacienda para decir a los señores que Yefim Stepánovich está muriéndose. Hace tiempo que se ha marchado y ya debería haber regresado. Varka está tumbada sobre la estufa, sin dormir, escuchando el “bu-bu-bu” de su padre. De pronto, se oye el ru mor de un coche que se acerca. Los señores envían a un joven médico de la ciudad que está de visita en su casa. El médico entra en la isba; la oscuridad vela su rostro, pero se le oye toser y abrir la puerta con un chirrido.
-Necesito luz -dice.
-Bu-bu-bu… -responde Yefim.
Pelagueia se precipita sobre la estufa y se pone a buscar el pedazo de barro en donde se guardan las cerillas. Pasa un minuto en silencio. El médico, tras rebuscar en los bolsillos, enciende una de las suyas.
-Ahora mismo, padrecito, ahora mismo -dice Pelagueia; sale corriendo de la isba y vuelve al poco rato con un cabo de vela.
Yefim tiene las mejillas sonrosadas, los ojos acuosos y una mirada especialmente penetrante, que parece atravesar la casa y el médico.
-¿Y bien? ¡Mira que ponerte enfermo! -dice el médico, inclinándose sobre él-. ¡Ah! ¿Hace tiempo que estás así?
-¿Qué? Ha llegado mi hora, excelencia… No saldré de ésta…
-Deja de decir tonterías… ¡Te curarás!
-Como usted diga, excelencia, se lo agradezco humildemente, pero me parece que… Cuando llega la muerte, no se puede hacer nada.
El médico examina a Yefim durante un cuarto de hora; luego se pone en pie y dice:
-No puedo hacer nada… Hay que llevarte al hospital, allí te operarán. Vete enseguida… ¡Vete sin falta! Es algo tarde y en el hospital todo el mundo duerme, pero no importa, te daré una nota. ¿Me oyes?
-¿Y cómo va a ir, padrecito? -pregunta Pelagueia-. No tenemos ningún caballo.
-No importa, se lo pediré a los señores y ellos os lo darán.
El médico se marcha, la vela se apaga y de nuevo se oye: “Bu-bu-bu…”. Al cabo de media hora llega un coche enviado por los señores para llevarlo al hospital. Yefim se prepara y se marcha…
Al poco rato nace una hermosa y despejada mañana de verano. Pelagueia no está en casa: ha ido al hospital para saber qué ha pasado con Yefim. Un niño llora en algún lugar y Varka oye que alguien canta con su propia voz:
-Duérmete, niño, al son de la nana…
Pelagueia regresa; se santigua y susurra:
-Esta noche le pusieron todo en su sitio, pero por la mañana ha entregado el alma a Dios… Que el Señor le conceda el Reino de los Cielos, descanse en paz… Dicen que era demasiado tarde… Habría que haberlo llevado antes…
Varka va al bosque para llorar, pero, de pronto, alguien la golpea en la nuca con tanta violencia que su frente choca con un abedul. Levanta la vista y ve delante de ella a su amo, el zapatero.
-¿Qué haces, sarnosa? -le dice-. ¡El niño está llorando y tú duermes!
Le tira con fuerza de la oreja; ella sacude la cabeza, mece la cuna y entona su canción. La mancha verde, las sombras del pantalón y los pañales se balancean, le hacen guiños y pronto vuelven a apoderarse de su cerebro. De nuevo vislumbra una carretera cubierta de barro líquido. Los hombres de las alforjas al hombro y las sombras se han tumbado y duermen profundamente. Al verlos, Varka siente unos deseos enormes de dormir; de buena gana se iría a la cama, pero su madre Pelagueia camina a su lado y le mete prisa. Ambas se dirigen a buen paso a la ciudad para buscar colocación.
-¡Una limosna, por el amor de Dios! -pide la madre a las personas que le salen al encuentro-. ¡Tengan compasión, buenas gentes!
-¡Dame al niño! -le responde una voz conocida-. ¡Dame al niño! -repite la misma voz, esta vez con enfado e irritación-. ¿Me oyes, miserable?
Varka pega un brinco, mira a su alrededor y comprende lo que sucede: no hay ninguna carretera, Pelagueia no está a su lado, no se cruzan con nadie; en medio de la habitación sólo está el ama, que ha venido a amamantar al pequeño. Mientras el ama, gruesa y de anchas espaldas, da el pecho y calma al niño, Varka, de pie, la mira y espera a que termine. Fuera, el aire se tiñe ya de azul, las sombras y la mancha verde del techo palidecen a ojos vistas. Pronto llegará la mañana.
-¡Toma! -dice el ama, abotonándose la camisa-. Está llorando. Seguro que le han echado mal de ojo.
Varka coge al niño, lo acuesta en la cuna y vuelve a mecerlo. La mancha verde y las sombras desaparecen poco a poco y ya nadie se desliza en su cabeza ni enturbia su cerebro. No obstante, tiene tantas ganas de dormir como antes, ¡unas ganas enormes! Varka apoya la cabeza en el borde de la cuna y se balancea con todo el cuerpo para vencer el sueño, pero los ojos se le cierran y a cada instante siente un peso mayor en la cabeza.
-¡Varka, enciende la estufa! -le grita el amo desde el otro lado de la puerta.
Eso significa que es hora de levantarse y ponerse a trabajar. Varka deja la cuna y va corriendo al cobertizo a por la leña. Se siente contenta. Cuando corre o camina, no tiene tantas ganas de dormir como cuando está sentada. Trae la leña, enciende la estufa y siente que los músculos rígidos de su cara se desentumecen y que sus ideas se aclaran.
-¡Varka, prepara el samovar! -grita el ama.
Varka parte unas astillas, pero apenas ha tenido tiempo de encenderlas y ponerlas en el samovar cuando oye una nueva orden:
-¡Varka, limpia los chanclos del amo!
Se sienta en el suelo, limpia los chanclos y piensa en lo agradable que sería apoyar la cabeza en uno de ellos, grande y profundo, y echar una cabezadita… De pronto, el chanclo crece, se hincha y ocupa toda la habitación; Varka suelta el cepillo, pero enseguida sacude la cabeza, abre mucho los ojos y trata de mirar las cosas de manera que no crezcan ni se muevan delante de ella.
-¡Varka, friega la escalera; está tan sucia que da vergüenza cuando viene algún cliente.
Varka friega la escalera, limpia las habitaciones, luego enciende la otra estufa y va corriendo a la tienda. Tiene tanto trabajo que no le queda ni un solo minuto libre.
Pero nada le cansa tanto como estar de pie en un mismo sitio, ante la mesa de la cocina, pelando patatas. La cabeza se inclina sobre la mesa, la patata gira ante sus ojos, el cuchillo se le escapa de las manos, mientras a su alrededor la gruesa y colérica ama, arremangada, va de un lado para otro, hablando tan alto que los oídos le zumban. También le causa mucha fatiga servir la mesa, lavar la ropa, coser. Hay momentos en que siente ganas de tumbarse en el suelo y dormir, sin reparar en nada.
El día pasa. Al ver cómo las ventanas se oscurecen, Varka se aprieta las sienes entumecidas y sonríe sin saber por qué. La neblina de la tarde le acaricia los ojos semicerrados, prometiéndole un sueño próximo y reparador. Por la noche llegan invitados.
-¡Varka, prepara el samovar! -grita el ama.
El samovar de los amos es pequeño, de manera que hay que calentarlo cuatro o cinco veces antes de que los invitados se sacien. Después del te, Varka pasa una hora entera en el mismo sitio, mirando a los invitados y esperando órdenes.
-¡Varka, vete a comprar tres botellas de cerveza!
Ella sale a toda prisa y corre con todas sus fuerzas para ahuyentar el sueño.
-¡Varka, vete por vodka! Varka, ¿en dónde está el sacacorchos? ¡Varka, limpia los arenques!
Por fin los invitados se marchan; las luces se apagan y los amos se van a dormir. Por
-¡Varka, acuna al niño! -oye aún una última orden.
El grillo canta en la estufa; la mancha verde del techo y las sombras del pantalón y los pañales vuelven a deslizarse por los ojos entornados de Varka, haciéndole guiños y enturbiando su cabeza.
-Duérmete, niño -canturrea Varka-, al son de la nana…
El niño chilla hasta no poder más. Varka vuelve a ver una carretera embarrada, hombres con alforjas; reconoce a Pelagueia y a su padre Yefim. Lo entiende todo, reconoce a todo el mundo; sólo una cosa le resulta incomprensible en medio de ese duermevela: la fuerza que le sujeta los brazos y las piernas, la oprime y le impide vivir. Mira a su alrededor, la busca para librarse de ella, pero no la encuentra. Por último, extenuada, haciendo acopio de todas sus energías y aguzando la vista, contempla la mancha verde y parpadeante y, prestando oídos al grito, descubre al enemigo que le impide vivir.
Su enemigo es el niño.
Se ríe. Se sorprende: ¿cómo es posible que no se haya dado cuenta antes de algo tan evidente? La mancha verde, las sombras y el grillo también parecen reír y sorprenderse.
Varka se deja ganar por una alucinación. Se levanta del taburete y, con una amplia sonrisa, sin parpadear, pasea por la habitación. La idea de que en ese mismo instante va a librarse del niño que le inmoviliza los brazos y las piernas, le causa un agradable cosquilleo… Matar al niño y luego dormir, dormir, dormir…
Riendo, haciendo guiños y amenazando a la mancha verde con el dedo, Varka se acerca con sigilo a la cuna y se inclina sobre el niño. Nada más estrangularlo, se tumba en el suelo, riendo de alegría ante la perspectiva del sueño; al cabo de un minuto duerme ya profundamente, como una muerta…